jueves, 19 de septiembre de 2013

Predicación 15 de Septiembre

17º Domingo de Pentecostés
Salmo 51:1-11 - Éxodo 32:7-14 - 1 Timoteo 1:12-17 - Lucas 15:1-10.

Hoy nos toca hablar de pecado. Venimos transitando el tiempo litúrgico en el que vemos cómo somos, cómo espera Dios que seamos y qué espera de nosotros, la Iglesia.
Es importante reflexionar sobre el pecado, no porque seamos moralistas o insistamos en lo pecadores que somos para auto castigarnos. No, reflexionamos sobre el pecado para no olvidar que somos pecadores, y que cuando creemos tener las cosas “claras”, muchas veces estamos pecando.

En el texto del AT se nos muestra la dureza de corazón del pueblo de Dios, que ante las dificultades necesitaba otro “tipo” de Dios, uno que pudieran ver y tocar, como el becerro de oro. Dios los liberó de Egipto guiando en ese desafío a Moisés, pero ellos se apartaron de Él. Es el pueblo elegido, pero es un pueblo pecador que se aparta de Dios… Está presente el pecado.

En el pasaje de la carta de Pablo a Timoteo, es Pablo mismo quien se reconoce como un pecador en el que actuó la gracia y el amor de Dios. Pablo dice que Jesús vino a salvar a los pecadores, de los cuales él es el primero. Otra vez… Está presente el pecado.

Finalmente el texto del Evangelio de Lucas también nos habla de pecado. Comienza diciendo el pasaje que se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores para oírlo. Los fariseos y los escribas murmuran debido a esto, considerando que un maestro no se debía juntar con “esa” gente. Jesús responde al murmullo con tres parábolas. El leccionario nos propone detenernos en las dos primeras, la de la oveja perdida y la de la moneda perdida. En estas parábolas, la estructura interna está compuesta por: pérdida – encuentro – gozo.
La frase fuerte de Jesús en el caso de la primera es: “Les digo que así también será en el cielo: habrá más gozo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentirse” (Lc 15:7). En el caso de la segunda parábola es: “Yo les digo a ustedes que el mismo gozo hay delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente” (15:10).
Los escribas y fariseos eran hombres que conocían, estudiaban y cumplían la Ley. Esta observancia de la Ley los distanciaba de tantas personas que no podían cumplir las leyes que ellos mismos habían escrito y aplicaban. Todas las personas que no cumplían con sus leyes y normas eran considerados impuras, y por lo tanto, personas pecadoras.

Es muy significativo que sean estos impuros/as y pecadores quienes se acercan a escuchar a Jesús. ¿Por qué se acercan? ¿Jesús les habla de algo que les gusta escuchar? ¿Jesús los anima a ser impuros o no cumplir la Ley? ¿De qué les habla Jesús? ¿Cuál es la actitud que Jesús tiene para con estos grupos de impuros, pecadores y excluidos?

La iglesia cristiana tiene todavía tanto que aprender del Maestro de Nazaret y de su manera de relacionarse con las personas…
Vale decir que estas personas eran consideradas de esta forma negativa por leyes y normas que estos grupos de estudiosos y conocedores habían escrito o hacían cumplir. De manera, que estas personas que escuchan a Jesús y se acercan a él, quizás no eran tan pecadores como los legalistas “religiosos” afirmaban.

Por esto resultan sugestivas las afirmaciones de Jesús respecto del gozo por el arrepentimiento de los pecadores.
La tradición ha considerado a lo largo de los años que en este relato los pecadores son quienes escuchan y se acercan a Jesús: publicanos, prostitutas, gente pobre, gente enferma, gente con necesidades… De esta manera se pone el acento en que Dios recibe y perdona a esta “pobre gente”. En esta interpretación se acentúa el perdón amoroso de Dios para todos aquellos que se apartan de una vida de pecado.

Pero… ¿De qué pecadores habla? ¿De los publicanos y compañía? ¿O hablará de aquellos que decían quiénes eran los impuros y los pecadores? Si fuera así, la cuestión se torna diferente. En esta línea de interpretación el foco se pone sobre los escribas y fariseos, y en consecuencia, sobre nosotros, personas de iglesia, gente de fe, buenos hermanos, buenas hermanas, gente de Dios. El acento no deja de ser el perdón de Dios, salvo que ahora se trata del perdón de Dios para nosotros y nosotras… quienes ya creemos en Él.

Tomémonos un momento para pensar… ¿Cuántas veces los cristianos, personas de bien, hombres y mujeres consagrados/as a Dios, nos hemos levantado en adalides de la santidad (o de una presunta santidad) indicando con nuestro dedo índice, o mucho más sutilmente, con miradas, comentarios, actitudes, falta de atención, desprecio, quiénes son los pecadores e impuros en nuestra sociedad?

Seguramente hemos dicho o hemos escuchado alguna de las siguientes frases: “no vive de acuerdo a la Palabra”; “vive en pecado”; “no está en el camino”; “viven muy livianamente”; “eso no es lo que Dios manda”; “Si vive así no puede estar verdaderamente consagrada”; “La Palabra les condena”; “Yo no lo juzgo, Dios lo va a juzgar”; “Yo no discrimino a nadie, pero esa forma de vivir no es de Dios”; “No se qué Biblia lees vos, pero la mía dice que sos pecador”, etc. 
¿Es esta la forma en la que Jesús, nuestro Maestro, se relaciona con quienes se acercan a él?

Hemos sido los cristianos quienes hemos justificado bíblicamente la necesidad y lo beneficioso de tener esclavos.
Hemos sido los cristianos quienes hemos justificado bíblicamente la necesidad de colonizar otros pueblos, otras culturas, otras creencias.
Hemos sido los cristianos quienes, con fundamento bíblico, hemos desarrollado el sistema de segregación racial en Sudáfrica denominado “Apartheid” hasta el año 1992.
Hemos sido los cristianos quienes afirmábamos en plena dictadura militar argentina: “aquí no pasa nada”, “los argentinos somos derechos y humanos”.
Hemos sido los cristianos quienes hemos salido a la calle, cacerola en mano, reclamando por nuestros ahorros, pero no nos hemos movido ni un metro para reclamar por el hambre de nuestro prójimo.

¿Quiénes son los pecadores del relato del Evangelio?
¿Quiénes son los que se tienen que convertir y habrá gozo en el cielo?
¿Quiénes necesitan tener más amor de Dios en su corazón?
¿Quiénes deben dejar de juzgar para comenzar a amar?

Presentación: “¿Quiénes son pos pecadores?”.

Decía al comienzo que siempre es bueno reflexionar sobre el pecado. Ahora debemos asumir nuestra culpa, nuestras faltas, nuestra distancia de la práctica de Jesús, nuestro juicio fácil, nuestra falta de amor…

Quiera nuestro buen Dios, darnos corazones honestos, para que podamos volvernos a Dios. Para que podamos tener un corazón como el de Jesús, quien no juzgó ni condenó a los que no eran “tan santos”, sino que se acercó a ellos, les habló, los escuchó, los incluyó, y se hizo uno de ellos, en contra de lo que los “supuestamente buenos” decían que había que hacer. Que así sea, Amén.

P. Maximiliano A. Heusser
Córdoba, Argentina.

viernes, 6 de septiembre de 2013

Pagura en Córdoba



En el día de ayer, jueves 5 de Septiembre, se realizó en las instalaciones de la iglesia Metodista del Centro de Córdoba, bajo la organización del Centro Ecuménico Cristiano de Córdoba (CECC), la tercera presentación del libro: “Federico Pagura, Alborada de esperanza: Vida y testimonio de un profeta latinoamericano” de los autores Carlos Sintado y Juan Quintero Pérez.
En la presentación destacaron distintos aspectos del libro, su autor, Carlos Sintado; el teólogo católico y amigo de Federico, Oscar Lupori; y finalmente el mismo Pagura repasó algunos de los momentos más significativos de su vida y ministerio.
También se contó con la presencia del Lic. Marcelo Castagno, subdirector de Culto y Colectividades de la Municipalidad de Córdoba, quien entregó al Obispo emérito el decreto del Intendente Municipal, Dr. Mestre, nombrándolo “visitante ilustre de la ciudad de Córdoba”.
En la presentación también se cantaron algunas de las canciones compuestas por Pagura, como el Sursum Corda, Alegría, y se cerró con el infaltable tango Tenemos Esperanza.

Maximiliano A. Heusser

sábado, 31 de agosto de 2013

Predicación

15º Domingo de Pentecostés
01 de Septiembre de 2013
P. Maximiliano A. Heusser
Proverbios 25:6-7 - Hebreos 13:1-8, 15-16 - Lucas 14:1, 7-14

El texto del Evangelio del fin de semana pasado también nos hablaba de algo que sucedía en día sábado: la sanación de la mujer encorvada. Hoy, el texto del Evangelio también nos ubica en un día sábado. El relato inmediatamente anterior al pasaje de hoy nos cuenta que siendo sábado, un gobernante fariseo invita a Jesús a comer en su casa. Allí, para arrancar, sana a un hombre hidrópico (retención de líquidos), volviendo a sanar en día sábado. A continuación el relato de hoy, estas enseñanzas en torno a los lugares en la fiesta y a los invitados.
Las listas de invitados/as y poner sus nombres en las mesas ha solucionado el problema de ubicarse uno mismo en algún lugar.
Jesús no está hablando de modales, de educación o de reglas de etiqueta, está hablando del Reino de Dios, por eso lo que dice es importante y debe ser Evangelio para cada uno de nosotros y nosotras.

Jesús comienza hablando de los lugares en los que la gente se sienta o se quiere sentar en una fiesta. Hay lugares más importantes, de mayor reconocimiento y hay lugares menos importantes y de menor reconocimiento.
“Jesús no enseña simples normas de comportamiento social, sino que parte de las buenas maneras al sentarse a la mesa para sacar conclusiones acerca del Reino” (Armando Levoratti).

Mi suegro, docente rural jubilado, siempre recuerda que en un pueblo pequeño en el interior de Chubut, Corcovado, cuando se hacían las fiestas patrias y algún almuerzo para todo el pueblo, había una sola mesa que estaba sobre una pequeña tarima, esa era la mesa de los “notables”, allí se sentaba el jefe comunal, el comisario, el maestro, el médico si había, etc. El resto de los mortales se ubicaban en las otras mesas a ras del suelo. Aunque era un pueblo perdido en la inmensidad de la Patagonia, había lugares de privilegio y honores para algunos pocos.

Lo que Jesús advierte es que no hay que buscar los lugares de privilegio y honor. No puede ser la actitud de un seguidor/a de Jesús, el buscar los lugares importantes, el reconocimiento, los halagos, el trato diferenciado, la autoexaltación. La actitud del discípulo y de la discípula de Jesús no será buscar los primeros lugares.
Aquí podemos preguntarnos por qué. ¿Qué hay de malo en que uno quiera ser halagado? ¿Qué hay de malo en que se me ofrezca un lugar de privilegio? ¿Qué hay de malo en que alguien me haga favores de algún tipo por mi lugar social o por lo que sea? ¿Qué hay de malo en que se me trate bien o mejor que a otros/as? ¿Qué hay de malo?

No hay nada de malo en que se nos trate bien, lo malo será la consecuencia de esto: desinterés por aquellos que no son como uno, despreciar a los demás, a los que están más abajo, a los que no están en mi mismo nivel, a aquellos que no son reconocidos como yo, a aquellos/as que no son tratados tan bien como yo… Los seres humanos tenemos una gran facilidad de en un segundo creernos mejores que los demás. La actitud del cristiano no puede ser creerse mejor que otro, creerse mejor que otra. Recordemos que como dice Jesús en el pasaje de hoy, puede venir el anfitrión y pedir que nos corramos, porque vino alguien más importante que nosotros, y nos manden al último lugar.
En el Reino de Dios no hay lugares de privilegio…
En el Reino de Dios no hay quienes toman decisiones y quienes las tienen que aceptar…
En el Reino de Dios no hay jefes, hay obreros y obreras…
En el Reino de Dios no hay personas más importantes que otras… hay pueblo de Dios.

La segunda parte del texto del Evangelio contiene una recomendación de Jesús al gobernante fariseo que lo ha invitado. El cuestionamiento está en que la norma social indica que si uno ha sido invitado por otro, eventualmente, habrá que retribuir la atención. Esto sucedía y era totalmente habitual en la época de Jesús, pero pasa de la misma manera en nuestro tiempo. El refrán popular dice: “favor con favor se paga”. Invitación, con invitación de paga. Ayuda, con ayuda se paga, y así podríamos dar muchos ejemplos.
La lógica de este funcionamiento radica en la retribución. No se invita porque sí, se invita porque se sabe que ya vendrá la invitación como respuesta. Con esta misma lógica hay muchos que ayudan, porque eventualmente esa ayuda también la podré reclamar. Hago un favor a otro o a otra, porque eventualmente ese favor me será retribuido.

Hay algunos conductores de televisión que acostumbran cerrar sus programas como alguna frase que se hace parte de la rutina. Algunos hacen simplemente un saludo, otros, dicen algo acerca del contenido o los valores que sustentan para ellos su programa. Uno de estos conductores cerraba uno de sus últimos ciclos con la frase: “hagan el bien, porque el bien siempre vuelve”.
Esta aparente buena expresión y un buen deseo, “hagan el bien”, continúa la lógica de la retribución. No hago el bien porque quiero ser bueno o buena, o siento que así se deben hacer las cosas, sino que hago el bien porque quiero que me vuelva el bien. Mi buen accionar está totalmente ligado a lo que quiero que vuelva… El hacer el bien en esta lógica es una especie de 'boomerang'… uno hace lo bueno y lo bueno vuelve…

Esto no es lo que enseña Jesús. El Reino de Dios sigue una lógica distinta. Quienes queremos tener parte en ese Reino debemos actuar de manera diferente. La Iglesia debe funcionar con otra lógica. Jesús enseña que se debe hacer el bien especialmente al que no pueda devolver la atención, al que no pueda devolver el favor, al que no pueda devolver la ayuda…
Porque la verdadera buena acción que surge de un corazón cristiano no busca retribución, busca hacer la voluntad de Dios. 

En los dos casos que menciona Jesús corremos un peligro.
1. En la recomendación sobre los lugares de privilegio (los primeros lugares) Jesús afirma que aquel que se humille será enaltecido. El peligro, hermanos y hermanas es humillarnos pensando en la exaltación posterior. Esto es como la “falsa modestia”. Si hacemos esto, no cambiamos nuestra lógica. La aceptación del Evangelio demanda de cada uno de nosotros y nosotras un cambio de lógica. Un cambio contracultural.
2. En la recomendación de a quiénes invitar (ayudar, dar una mano, etc.) Jesús afirma también que obtendremos recompensa en la resurrección de los justos. Tampoco podemos tener esta actitud, solamente pensando en que seremos recompensados. Porque así no abandonamos la lógica retributiva. Otra vez, la aceptación del Evangelio, demanda de nosotros un cambio contracultural.

Es interesante que, al margen de los peligros que acabamos de mencionar, esto nos cueste tanto. Nos cuesta aun manteniendo nuestra lógica retributiva. Dios tiene tanto trabajo que hacer en nosotros todavía. Dejemos a Dios hacer lo suyo, pero hagamos el esfuerzo de cambiar nuestra vida, lo que nos resulta lógico, buscando la lógica del Reino.

Quiero terminar parafraseando las palabras de la Carta a los Hebreos:

Que el amor fraternal permanezca en nosotros. Y no nos olvidemos de practicar la hospitalidad, pues gracias a ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles. Acordémonos de los presos, como si estuviéramos presos con ellos, y también de los que son maltratados, como si nosotros mismos fuéramos los que sufrimos. Todos honremos nuestro matrimonio, y seamos fieles a nuestras parejas; porque a los libertinos y a los adúlteros los juzgará Dios. Vivamos sin ambicionar el dinero. Más bien, conformándonos con lo que ahora tenemos, porque Dios ha dicho: «No te desampararé, ni te abandonaré». Así que podemos decir con toda confianza:
«El Señor es quien me ayuda; no temeré lo que otro pueda hacerme.»

Que así sea, Amén. 

viernes, 12 de julio de 2013

Predicación Domingo 07 de Julio de 2013

8º de Pentecostés


Leer: Salmo 66:1-8 – Isaías 66:10-14 – Gálatas 6:7-16 –Lucas 10:1-11, 16-20

“Llamados a ser obreros/as entusiasmados”

El texto de hoy está a continuación del que compartimos hace dos domingos atrás, cuando Jesús, marchando hacia Jerusalén realiza la afirmación de que nadie que pone su mano en el arado y mira hacia atrás, es apto para el Reino de Dios.
Luego de esto Jesús envía a setenta (o setenta y dos) discípulos para que fueran de dos en dos delante de él, a los lugares que a los que él iba a ir. Lucas menciona que Jesús ya había enviado antes a los doce (9:1-2). En este caso el número hace alusión a las doce tribus de Israel. En el caso del pasaje de hoy, el número setenta (o setenta y dos, según la traducción) alude a las naciones existentes (Génesis 10). Entonces, si primero se predicó el Reino de Dios a los pueblos de Israel, ahora llega el momento de anunciarlo a todo el mundo.

Detengámonos en algunos puntos del pasaje del Evangelio:

1. La mies es mucha pero los obreros son pocos.
Jesús arranca diciéndoles que el trabajo es mucho y que ellos (como obreros) no alcanzan para llevar adelante todo el trabajo. Por esto son necesarios todos los obreros y obreras que pueda haber, porque el trabajo es mucho y Dios nos necesita a todos y a todas. Todo discípulo/a debe estar involucrado en esta misión. En el discipulado no hay lugar para las indecisiones, para especular, para ponernos a pensar que si hay tantos trabajando no se me necesita, etc. Jesús es claro: el trabajo es mucho y no alcanza la gente, ¡movéte!

2. Yo los envío como corderos en medio de lobos.
Jesús les aclara que el discipulado tiene sus peligros, sus dificultades, no todo es color de rosas. No hay que ser inocentes. Debemos saber que a veces recibirán de buen modo nuestro mensaje y otras veces nos recibirán con hostilidad, con desconfianza, de mala gana, etc. Es parte del compartir el mensaje que tenemos que anunciar. De alguna manera, esta posible hostilidad es parte de la libertad que Dios le da al mundo de recibirlo o de no hacerlo.

3. No lleven bolsa ni alforja ni calzado; y a nadie saluden por el camino.
En la Edad Media surgen órdenes religiosas mendicantes, que asumen al pie de la letra esta recomendación de Jesús. Eran predicadores harapientos que muchas veces pasaban hambre e iban de pueblo en pueblo predicando. Esta recomendación de Jesús debe ser entendida en la misma línea que la afirmación de la “mano en el arado”. Aquel o aquella que quiera trabajar en la misión no debe andar con vueltas pensando en todos y cada uno de los detalles. Debe salir y hacer el trabajo que Dios nos llama a hacer.
Lo del saludo tiene que ver con los tiempos que demoraba el trato cordial en el camino. Estos rituales podían demorarse hasta un par de horas. Jesús afirma que la prioridad es la misión, predicar que el Reino se ha acercado. Todo lo demás queda en un segundo plano.

4. La paz esté en esta casa.
Desear la paz era una costumbre judía muy extendida y habitual. Pero la diferencia entre nuestra palabra paz y el original en hebreo: Shalom, es muy grande. El shalom es un deseo de bienestar que involucra todos y cada uno de los aspectos de la vida: familia, salud, trabajo, felicidad, descanso, plenitud, etc. Al margen de la costumbre judía, el primer deseo de quien va a predicar la cercanía del Reino de Dios es ese Shalom. El discípulo y la discípula deberán querer lo mejor para las personas a quienes les van a compartir el mensaje.
Los testigos de Jehová, por ejemplo, se consideran salvos por ser testigos de Jehová. Es decir, por dar testimonio de Dios. Su preocupación no pasa por las personas a quienes les dan testimonio, sino por el hecho mismo de hacerlo.
Este versículo nos hace notar que debemos tener una preocupación sincera y honesta por las personas a quienes les vamos a compartir el Evangelio.

5. Regocíjense de que sus nombres estén escritos en los cielos.
Al volver los setenta de la misión lo hacen alegres y contentos porque Dios los acompañó y sintieron el poder que viene de Él. Jesús les responde que lo que les debía dar gozo es saber que sus nombres están escritos en los cielos. No se alegren por lo que puedan hacer, alégrense si hacen lo que les mandé a hacer. Esto nos recuerda ese versículo: “Siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer, hicimos” (Lc.17:10).

Considero que este texto nos anima a mirar en dos direcciones: por un lado ver y pensar la misión a la que estamos llamados aquí en este barrio, en esta comunidad. ¿Qué hacemos para Dios en este lugar? ¿En qué trabaja la Iglesia? ¿Cómo servimos a nuestro prójimo acá? ¿Cómo compartimos el mensaje del Evangelio? Estas preguntas y otras que podrán surgir nos ayudarán a reflexionar sobre el trabajo que hacemos, y (lo que es mejor todavía) sobre el trabajo que se podría hacer. Esto sucede cuando una Iglesia sueña… sueña que hacen tal cosa, que trabajan de tal o cual manera, que están insertas en el barrio de tal forma… esta es una de las direcciones que el texto nos anima a mirar.

La otra dirección también tiene que ver con la misión, pero se enfoca en los siervos y las siervas que la van a llevar adelante. De nada sirve reflexionar sobre lo que hacemos y cómo lo hacemos si no hay hermanos y hermanas dispuestos a hacerlo. Mucho menos servirá que soñemos grandes cosas para nuestra Iglesia (o pequeñas también) pero nos quedemos sentados de brazos cruzados. Dios hace milagros, ¡pero no nos abusemos! En todo caso, el primer milagro que Dios tendrá que hacer es descruzarnos los brazos.

Los invito a pensar en la palabra “entusiasmo”. ¿Qué es? ¿Para qué sirve? ¿Cuándo hemos estado entusiasmados?
Una definición es: “atención y esfuerzo que se dedica con empeño e interés al desarrollo de una actividad o trabajo”. 

Lo que nos falta hermanos y hermanas es despertar el entusiasmo de creer en Cristo y querer servirle. Los hechos grandes y significativos a lo largo de la historia se han llevado a cabo con personas entusiasmadas por una causa o ideal.
Algunas veces las dificultades en el caminar, los problemas económicos en la Iglesia, cosas que no nos han salido bien, cosas que hacen otros con las que no estamos de acuerdo, nos hacen perder el entusiasmo…
Recuperemos el entusiasmo de ser discípulos y discípulas de Jesucristo. Si algo va a mejorar en la Iglesia no sólo será por la gracia de Dios (que va a estar), sino porque cada uno de nosotros/as asumirá la parte de la mies que le corresponde.

Desde el ámbito secular me parece importante escuchar:
“Nada grande se puede hacer con la tristeza (…) Por eso, venimos a combatir alegremente. Seguros de nuestro destino y sabiéndonos vencedores, a corto o a largo plazo”.
Arturo Jauretche

Desde la Escritura me parece importante escuchar:
“No nos cansemos, pues, de hacer el bien; porque a su tiempo cosecharemos, si no nos desanimamos.  Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe” (Gál. 6:9-10).


Quiera Dios darnos o renovar nuestro entusiasmo para que descrucemos nuestros brazos y pongamos “manos a la obra”. La mies es mucha, pero somos nosotros y nosotras quienes somos llamados a trabajar en ella. Y sepamos que no estamos solos, porque “camina con nosotros uno que hace amanecer”. Que el Señor nos bendiga, Amén. 

P. Maximiliano A. Heusser

lunes, 23 de julio de 2012

Predicación Cerro de las Rosas. Domingo 22 de Julio de 2012.

8º de Pentecostés.

Textos: Marcos 6.30-34 y Jeremías 23.1-6.

Tus manos hacen la diferencia.


Festejamos los otros días, si bien es una fecha puramente comercial, el “día del amigo”. Amigos y amigas a los cuales recurrimos en nuestras necesidades, alegrías y distintas circunstancias y estados de ánimo. A medida que el tiempo va pasando vamos viendo y ponderando a unos u otros, sus limites y quizás los nuestros en esas amistades que el Señor seguramente pone a nuestro alcance.
La agenda de Jesús, como vos verás en la tuya también, siempre está llena de cosas. En su caso, está marcada y llena de trabajos diarios y de relacionamiento permanente con las necesidades de otros. Necesidades para cubrir y suplir desde el amor y la “compasión” (el padecer junto con…) hacia quiénes más necesitan.

Daría la sensación, en esta escena tan colorida que pinta Marcos, que poco es el tiempo que le queda al maestro para la reflexión personal o aún que más no sea para comer, como nos indica el evangelio de Marcos. Pero es evidente que Jesús por más cansado y hambriento que esté es capaz de cambiar su agenda con tal de satisfacer las demandas de la gente.

¿Qué demandas tendría la gente? Este evangelio en particular no nos habla hasta ahora de qué les pasaba, lo cierto es que lo siguen y logran llegar antes que él y sus discípulos a la otra orilla.
Frente a este panorama la 1ª intuición del maestro ¿cuál fue?, fue la de enseñar. Enseñó porque tuvo compasión de ellos. Estaban como ovejas sin pastor, estaban con estudiantes sin maestro que les marque el camino, qué hacer o en qué confiar o para donde seguir la vida.
Al igual que ahora la expectativa de la gente no estaba satisfecha. Al igual que ahora, la oferta del Evangelio no salía a competir con las demás ofertas del mercado. El sentido de tu vida no es algo que se rife en algún mercado, aunque para muchos esto pareciera ser así y se ofrecen como “ofertas” de desecho en cualquier parte.

Los apóstoles venían de una campaña exitosa donde el proclamar la Palabra había sido bien recibida aún en medio de las trágicas noticias de la muerte de Juan el Bautista. El proclamar la Buena Nueva es algo que trae consecuencias inevitables en la vida de uno. En la de ellos particularmente en vidas que no vuelven a ser las mismas.
El dato concreto que se desprende de este evangelio en particular es esto propio de Jesús: ve las necesidades, las entiende y actúa en consecuencia. La vida de fe ayuda para potenciar este mecanismo “talentoso” que Dios pone en todo ser humano de vivir una vida compartida más allá de nuestros egoísmos.
Durante siglos la crítica de Dios a sus líderes terrenales era que no se comportaban como tales, o tal como lo expresaba Jeremías tan duramente, como pastores que no cuidan su rebaño ni se hacen cargo de sus necesidades diarias.

Un cuento muy lejano en el tiempo, habla de dones, talentos y responsabilidades frente a lo regalado, del siguiente modo: “Estaba golpeado y marcado, y el rematador pensó que por su escaso valor, no tenia sentido perder demasiado tiempo con el viejo violín, pero lo levanto con una sonrisa. "¿Cuanto dan por mí, señores-grito-quien empezara a apostar por mi??.......... "un dólar, un dólar" después, dos. ¿Solo dos?
"dos dólares, y quien da tres? ........tres dólares a la una, tres dólares a las dos; y van las tres...." pero no, desde el fondo de la sala un hombre canoso, se adelanto y recogió el arco; luego después de quitar el polvo del viejo violín, y estiro las cuerdas flojas, toco una melodía pura y dulce como un coro de Ángeles.
Ceso la música y el rematador, con una voz silenciosa y baja dijo:"¿cuánto me dan por el viejo violín?" y lo levanto en alto con el arco. "¿mil dólares, y quien da dos?" ¡dos mil ! ¿y quien da tres? tres mil a la una; tres mil a las dos; y ya se fue ",dijo. la gente aplaudía, pero algunos gritaron, "¡no entendemos bien,¿que cambio su valor?" la respuesta no se hizo esperar: "¡la mano del maestro!" y mas de un hombre con la vida desafinada, golpeada y marcada por el pecado, como el viejo violín, se remata barato a la multitud incauta. Un "plato de lentejas", una copa de vino, un juego y sigue viaje. "se va " a la una y "se va", "se va" y casi "se fue". Pero llega el maestro y la tonta multitud no llega a entender por completo el valor del alma y el cambio que elabora la mano del maestro

Este fuerte testimonio de entrega que marca el Evangelio es la diferencia. Como dice el apóstol Pablo en sus cartas: “somos embajadores de Cristo” en todo tiempo y lugar. Mientras yo no haga o no realice nada en particular a favor de la fe que Cristo me dio, la misma es como un viejo violín guardado para el remate. No hay forma de descubrir el valor de algo hasta que esto no se utiliza. Por ese mismo motivo lo primero que Jesús pone en práctica es el Don de la enseñanza que su Padre le dio.
Cuántos serán los dones que Dios pone en nuestras manos a partir de Cristo. Dones por los cuales nosotros también nos convertimos en consoladores, maestros y maestras de aquellos que están como ovejas sin pastor. La oferta del evangelio no debiera competir en el mercado, ni rifarse al mejor postor; esta siempre presente en nuestras manos, como para los apóstoles, como para Cristo, dispuesta a ocupar los espacios de sanidad que otros necesitan, los espacios de ignorancia que el mundo trata de llenar con más ignorancia.
La oferta del Evangelio está presente en nuestras vidas para que demos cuenta de ella. En todo esto habrá seguramente un don que Dios te ha dado frente a lo cual, aún la mejor oferta del mercado no puede llegar.
La diferencia está en tus manos y entrega confiada a lo que Dios puede sacar de tu interior. Que este sea una buena semana para que descubras la música que hay en tu interior. Amén.

P. Leonardo D. Félix
Córdoba, Julio de 2012.

Predicación Cerro de las Rosas. Domingo 15 de julio de 2012.

7º de Pentecostés.

Texto: Marcos 6.14-29

La iglesia que multiplica


Quizás si nos tuviésemos que preguntar cómo comenzaron nuestros primeros pasos en la fe, seguramente tendríamos distintas y muy variadas experiencias: como niños cuando nuestros mayores nos llevaban a la iglesia, como adolescentes cuando íbamos a jugar al volley a la iglesia los sábados, ya casados o buscando casarnos, o bien, llevados por nuestros propios hijos o nietos. Las formas que Jesús elige para acercarnos a él son tan variadas como gente se convierte y lo conoce.

Así y todo, más allá de la diversidad de formas y momentos, hay principios que debemos reconocer como comunes a la experiencia de conocer a Cristo y embarcarnos en el discipulado y seguimiento.
Recordemos como comienza para Juan en su Evangelio, el ministerio público de Jesús. Una fiesta de bodas en Caná de Galilea y claro, sabemos que su fin de ministerio fue con otro banquete, el compartido con sus íntimos en el aposento alto.

Para los discípulos, sus ministerios particulares y grupales están marcados por estos dos acontecimientos obviamente, pero también por dos hechos profundos, dolorosos y fuertes; por un lado la muerte de Juan el Bautista luego que regresan de su primera misión (texto visto el otro domingo en Marcos 6.7-13) y por el otro, la muerte y resurrección de Cristo, no como final de la tarea, aunque si de una etapa única, sino como puntapié fundamental para entender el desarrollo de toda la iglesia a lo largo de los siglos.
En realidad, ambas cosas se juntan en la vida de un creyente; la alegría y gozo de la fiesta que produce la salvación y por el otro, o junto con, esta fuerte experiencia de anunciar a otros a Cristo y mostrar nuestra fidelidad única y excluyente.

En verdad, si no entendemos la fidelidad única y excluyente1 como inherente al discipulado cristiano, difícilmente sabremos lo que es el dolor del testimonio público y la alegría de la fiesta compartida en comunión.

Todo esto que contamos se enmarca con lo que relata Marcos en el Evangelio, que es digno de las mejores telenovelas. Acá las tenemos resumidas en pocos versículos. Herodes en realidad no era rey sino tetrarca (un puesto bastante por debajo del rey) y había hecho lo imposible para separarse de su mujer, a la sazón hija de un rey árabe, y por el otro lado, Herodías casada con Felipe, hermano de Herodes, también hizo lo imposible por separarse de éste para, en definitiva, estar junto a Herodes (su cuñado) y comenzar una nueva relación. ¿interesante verdad?
Lo cierto es que a los ojos de cualquier judío piadoso de la época esto era pecado y claro, Juan estuvo dispuesto a denunciarlo como tal.

Más allá de lo anecdótico de la telenovela en formato Biblia, por así decirlo, la tarea de fidelidad a Dios y dar testimonio de esta salvación nunca fue cosa simple y liviana.
La iglesia cristiana a lo largo de los siglos, ha deambulado entre dos canales que siempre están en una tensión dialéctica. La coyuntura que le toca vivir (en lo político, social y económico) y la militancia piadosa y comprometida dentro y fuera de la misma.
Esto que le pasa a Juan el Bautista, es algo parecido que podemos encontrar a lo largo de la historia infinidad de veces, con otros actores de distintos colores pero siempre con la misma pregunta, ¿cuál es la responsabilidad del creyente frente a los pecados de otros, más cuando estos ocupan espacios de poder?
Esta pregunta se ha resuelto siempre de distintas maneras. Obviándola o bien, tomando partido en la denuncia concreta de hechos que, más allá del marco moral del tiempo que nos toque vivir (dato que siempre cambia culturalmente), resignan la voluntad de Dios a un espacio de menoscabo y sin importancia.

Las decisiones concernientes al mundo que nos rodea y las acciones que tomemos, a veces son luchas aisladas y solitarias, y en otros casos, efectos multiplicadores para otros y otras. En este sentido, es la iglesia de Cristo la que puede y debe abrirse paso para multiplicar y no para restar.
Es la iglesia agente multiplicador cuando la misma en su propia diversidad de pensamientos, estilos y formas toma la iniciativa y además de acompañar, lidera espacios nuevos de pensamiento y confrontación.

Herber MacCabe, escritor inglés decía hace un tiempo atrás: “hay una gran cantidad de cristianos que no tienen interés en la política. Pero si su cristianismo es real, los políticos empezarán a estar interesados en ellos”2
Ser creyente es una opción que no puede o debe pasar desapercibida. Todo creyente tiene en sí la enorme posibilidad de denunciar los hechos y acciones contrarios a la Palabra de Dios y por ende, anunciar el gozo de la Buena Nueva encarnada, desde la comunión compartida del banquete nupcial.

Ser parte del pueblo de Dios en Cristojesús, es ante todo, saber que nuestro ministerio personal y comunitario comienza como una fiesta que nos prepara para el fuerte impacto del testimonio del discípulo militante de su fe y, aunque no sepamos cómo ni de que modo el final llegue, siempre será en la plena convicción de un banquete en donde la intimidad con Dios queda garantizada y sellada con su sangre y cuerpo, más allá de nuestras diferencias y asumiendo nuestras coincidencias. Amén.

P. Leonardo D. Félix
Córdoba, julio de 2012.

lunes, 14 de mayo de 2012

Culto Domingo 13 de mayo


Predicación en el Cerro de las Rosas.
Domingo 13 de mayo de 2012. 6º de pascua.

Texto: Juan 15.9-17

Amigos así, los deseo

Hace poco tiempo atrás, leyendo un reportaje que le hacían al cantante español Joaquín Sabina, él se refería a otro cantante, argentino esta vez (Juan Carlos Baglietto) y su única expresión para definir su amistad fue: “amigos así, los deseo….”

Interesante forma de expresar este afecto entrañable que muchas veces sentimos por aquellas personas que Dios nos regala en la vida como hermanos y hermanas de un mismo camino. Nos podremos distanciar un tiempo, ir y venir, pero hay amistades que ni los años ni las distancias corrompen. Algo así sucede con esta relación que Jesús establece con fuerza para la vida de sus discípulos: es algo incorruptible a lo largo del tiempo…

Como podemos ver, desde el texto del domingo pasado (Juan 15.1-8, “la vid y los pámpanos”) a esto que hoy vemos, Juan en su Evangelio profundiza en su estilo narrativo una temática que de buenas a primeras parece repetirse pero que, en realidad, agudiza la explicación en esta relación única que tiene Jesús con su Padre y por ende, con cada uno de nosotros.

Estoy convencido que, este modo de relacionamiento que implica la unión no sólo en espíritu, sino en las mismas raíces de un mismo tronco, nos aporta a nuestra manera de relacionarnos día a día, a nuestra manera de ver, practicar y concebir un amor fraterno distinto.

El derecho de permanecer (9-11). Cabría siempre preguntarse por este amor del Padre del cual habla Jesús que es el mismo que el tiene por nosotros. ¿Un amor hasta las últimas consecuencias? Si, definitivamente que sí; la fuerza del evangelio y su mensaje radican justamente en este dato fuerte, no solo desde las emociones, sino desde algo planificado, hecho con propósito desde el principio de los tiempos. El “permaneced” de Jesús es un imperativo. No tiene otra opción posible que ser de este modo. Es este imperativo de Dios amando a su pueblo, lo que invita a revisar nuestras propias acciones y mandatos. ¿A quiénes amamos? ¿hasta dónde se ama? Teresa de Calcuta diría que: “hay que amar hasta que te duela”. Esta frase es tan fuerte como la anterior porque sintetiza nuestra experiencia humana de amar.
Del mismo modo que tenemos mucha gente, muchos cristianos y cristianas en realidad, que avanzan con temor al “amar” a otros y las acciones concretas que esto conlleva, tenemos muchos otros y otras que expresan esto en forma incondicional por un hecho que es superador de nuestra propia voluntad; la relación entre Dios y su Hijo.
Desde este lugar, desde este vínculo fuerte y eterno es que podemos entender que, más allá de nuestras decepciones cuando amamos, perdonamos y volvemos a intentar el amar a nuestro prójimo, es este amor el que garantiza algo más que felicidad, otorga gozo y sentido de cumplimiento en el mandato recibido.

No puedo dejar de preguntarme y de preguntarles, ¿Cuáles son hoy tus dificultades al amar a otros/as? ¿hasta que punto ese amor sacrifico tiempo, dinero y ganas en pos de dar testimonio del evangelio recibido?

No solo hijos, sino también amigos (12-14). Curioso resulta también el vínculo nuevo que Jesús realiza con sus discípulos. No ya el maestro de la ley exclusivamente, no ya el Dios omnipotente encarnado, sino el amigo que camina con ellos. Para cada uno de nosotros, esta experiencia de la amistad debe tener seguramente nombres, caras y gestos claros a lo largo del tiempo en donde ese amor y lealtad se encarnan. Ahora para los discípulos de Jesús, pasaría exactamente del mismo modo. Hablar de amistad, se convertía en sinónimo de “yo soy amigo de Jesús” y muchas frases más aprendidas desde niños o que escuchamos en otros lados.
Una amiga mía siempre me dice la frase: “buena cosa tenernos en la vida” Y de esto se trata la vida. Tenernos como sinónimo de “contar con…”, saberse acompañado/a, saberse resguardado en el afecto y la confidencia de los unos con los otros. Por esto mismo, el amor de Jesús a nosotros tiene fuerza de mandamiento. Porque es un amor que no puede ni amerita ser traicionado en ninguna circunstancia, porque es la traición de ese mandamiento lo que provoca la crucifixión del Cristo. Es esa traición de la amistad otorgada lo que provoca la muerte de nuestras relaciones y de la esencia misma de la Buena Nueva que Cristo trae.
Quizás, en función de esto que tanto nos cuesta mantener, como la lealtad y fidelidad al amor en Cristo encarnado en otros/as sea un buen punto por el cual también orar y preguntarnos: ¿Hay traiciones que nos duelen aún en nuestra vida? ¿Hemos sido desleales a ese amor recibido? ¿Cómo te ayuda la fe a superar esto y renovar tus afectos?

El avanza, y te llama a avanzar también (15-17). Y si, efectivamente el avanza en esta relación y es Jesús mismo quién nos elige sin mediar preguntas ni preámbulos. ¿por qué? Por la sencilla razón que ama incondicionalmente a cada uno de nosotros. No solo los que son parte de la iglesia en la cual estás u otras. Simplemente ama en profundidad, como con la viuda de Naín que perdió a su hijo, como con el ciego Bartimeo, como con la mujer hemorroísa, como a Judas mismo. En esta amistad que Dios quiere establecer con cada uno de nosotros también hay propósito claro y definido: llevar frutos y que estos permanezcan, que sean reconocidos como tales en nuestros actos y que los mismos sean de bendición para otros y nosotros mismos.
Así como todo árbol bueno produce frutos buenos, y todo árbol malo produce frutos malos, del mismo modo una amistad sólida y confiable (durable y permanente diríamos también), produce vínculos que están más allá del tiempo y las distancias.
Jesús llama una y otra vez a poder disfrutar de este nuevo vínculo que nos regala. Hacernos cargo del regalo, fructificarlo y practicarlo es lo único que se nos pide. Porque es esta unión con Jesús y por ende con el Padre, lo que nos da la certeza de una vida con sentido, de una vida plena donde haremos algo más que atender a nuestras propias necesidades y deseos.

Orando con estas palabras de Jesús, también me pregunto: ¿Cuál fue la última vez que yo ofrecí mi amistad a alguien con todo lo que esto implica? ¿cuál fue la última vez que alguien detecto mi soledad y mi deseo de ser acompañado/a en algo más allá del interés momentáneo que generan muchas relaciones entre nosotros?

Parafraseando a J. Sabina, yo también diría, “amigos como Jesús, los deseo en mi vida…” Y quiera el Señor poblar nuestra vida de estas amistades y que nosotros en nuestra propia vida, podamos ser testimonio de amistad y amor con aquellos que nos necesitan. Amén.

P. Leonardo D. Félix
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