martes, 9 de junio de 2015

Predicación

2° Domingo de Pentecostés – 07 de Junio de 2015
P. Maximiliano A. Heusser

Leer: Génesis 3:8-15 - 2 Corintios 4:13 – 5:1 - Marcos 3:20-35.
A medida que una sociedad o un pueblo se va conformando y organizando, van apareciendo ciertas normas que lo van regulando. En este caso no me refiero a normas legales (que también las hay), sino a aspectos culturales, simbólicos, sociales, económicos, familiares, incluso religiosos. Es decir, va surgiendo una manera particular de ser pueblo o sociedad. Debido a la postulación de estas normas se va creando la idea de que aquellos/as que las siguen y respetan son “normales” y aquellos/as que no las siguen son “anormales” (literalmente: quienes no se ajustan a la norma). Como el pueblo o la sociedad está medianamente organizada, crea –muchas veces- lugares distintos y separados para estos “anormales”. Así han surgido las cárceles, los leprosarios, los institutos de menores, los psiquiátricos, etc.
Como contexto de nuestro pasaje del Evangelio, debemos leer Marcos 3:7-12. Allí se menciona que Jesús sanaba a los enfermos, a los que tenían plagas, a los que tenían espíritus impuros y las multitudes venían a verlo desde todos lados. Jesús está en permanente contacto con los “anormales” de su tiempo.
El pastor luterano Guillermo Hansen, reflexionando sobre este pasaje sostiene que hay tres tipos de “locura” o anormalidad en este pasaje:
“La "locura" de quienes están poseídos y necesitan ser liberados, la "locura" de aquellos que, asumiéndose normales y custodios del orden, condenan como locura/satánico el poder de Dios que libera, y la locura de Jesús que cumple con la voluntad del Padre encarnando la santidad de Dios en medio de lo alejado de Dios”. (1)
Jesús vuelve “a casa”, se presume que se trata de la casa de Pedro en Capernaúm, y hay tanta gente que ni siquiera pueden comer. Es de destacar lo que sucede después. Los suyos, familiares, amigos y conocidos de Jesús antes de que comenzara su ministerio, lo quieren agarrar (detener - prender). La razón para esto es que creen que Jesús está “fuera de sí”. La familia y amigos de Jesús creen que se ha convertido en un “anormal”, alguien que no está bien.  Alguien que necesita ser controlado. ¿Por qué creen esto? Se han enterado -y posiblemente han visto- con qué personas se rodea Jesús. Han visto quiénes son los que buscan a Jesús: endemoniados, enfermos, pecadores, locos y anormales de la época… Quizás también estaban asustados por sus discusiones y enfrentamientos con los escribas y fariseos… Quizás no terminaban de entender de qué hablaba cuando predicaba la conversión y el Reino de Dios… Quizás tenían miedo de que las autoridades romanas, al ver que lo seguía tanta gente, lo quisieran arrestar… No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que querían impedir que Jesús siguiera con su ministerio.
Aquí aparecen los escribas que se han acercado desde Jerusalén para atacar a Jesús. La razón para atacarlo es que consideran que está poseído por Satanás y que por esa razón puede echar fuera los demonios. Es decir, no dudan de que expulse demonios, pero creen que lo hace siendo dominado por el príncipe de los demonios. De alguna manera, los religiosos “normales” de la época han viajado desde Jerusalén para atacar al “anormal” Jesús. Este grupo de escribas busca detener a Jesús, detener su predicación, detener su accionar en medio de un pueblo tan necesitado.
Jesús no parece ofenderse, sino que los llama y les habla por parábolas. Jesús menciona que un reino dividido contra sí mismo no puede permanecer. Una casa dividida tampoco podrá hacerlo. Si Satanás se levanta contra sí mismo desaparecería… La segunda imagen es la de un hombre fuerte al que se le quiere entrar a robar, Jesús dice que primero hay que atarlo para después robarle. De esta manera echa por tierra el planteo de los escribas y afirma que tiene más poder que Satanás, quien de alguna manera, está “atado”.
El poder de Dios manifestado en Jesús no sólo vence a los demonios, sino que restablece la plenitud en aquellas personas que habían sido dejadas de lado. Jesús reinserta en la sociedad a aquellos y aquellas que la misma sociedad había hecho a un lado.
Luego, como reflexión a los escribas, habla del pecado que no tiene perdón. Se trata de blasfemar contra el Espíritu Santo. Marcos, el evangelista, se encarga de aclararnos que Jesús dijo esto por el planteo de los escribas diciendo que Él tenía un espíritu impuro o al mismo Satanás. El pecado imperdonable parece ser confundir la acción amorosa y misericordiosa de Dios en el mundo con algo malo, con algo que no viene de Dios. En otras palabras, el pecado imperdonable será no reconocer la voluntad de Dios para con la humanidad.
En la última parte del pasaje, vuelve a aparecer la familia de Jesús. Evidentemente no lograron prenderlo como querían hacerlo en 3:21. Incluso, ellos están afuera, no están entre quienes están escuchando a Jesús. Este no es un dato menor, por lo menos para Marcos, la madre y los hermanos de Jesús todavía no están entre los seguidores de Jesús. Jesús contesta al aviso que alguien le hace respecto de que están afuera y lo buscan, que todo aquél que hace la voluntad de Dios es su madre y sus hermanos. Seguramente fueron palabras difíciles de entender en su momento. Seguramente si nos ponemos en el rol de madre o familiares de Jesús, notaremos que estas palabras de Jesús fueron durísimas. Pero ¿Será que Jesús afirma que los lazos familiares son relativos e insignificantes? ¿Significarán estas palabras que la familia no importa? ¿Será que el seguimiento de Jesús implica cortar las relaciones familiares? Definitivamente no. Lo que Jesús sostiene es que son parte de su familia quienes buscan y hacen la voluntad de Dios. Hay una nueva forma de ser familia. Una familia lo suficientemente “anormal” como para buscar juntos y juntas la voluntad de Dios.
Guillermo Hansen hablaba de las tres “anormalidades” o “locuras” presentes en este relato del Evangelio. Creo que nuestra reflexión personal y comunitaria debe ayudarnos a identificar en qué locura estamos y en qué locura queremos estar. Uno siempre debe hacer el ejercicio de reconocer en dónde está, para recién ahí, saber a dónde quiere llegar.
1. La primera “anormalidad” o “locura” pasaba por quienes estaban sufriendo enfermedades y necesitaban ser sanados, o estaban endemoniados y necesitaban ser liberados. O tenían otro tipo de “anormalidad”, pero sin embargo, Jesús se acercó y estuvo con ellos. Este grupo tiene la bendición de que Dios quiere hacer su obra en ellos. Dios quiere que estas personas reciban su gracia, su amor, su misericordia y su perdón. Y esa acción de Dios para con ellos les posibilita acceder a la vida digna y plena que quiere para toda la humanidad. Algunos necesitaban un hecho milagroso de Dios, otros simplemente necesitaban una palabra de afecto, de perdón, y sentirse tenidos en cuenta por este Dios que busca a los “anormales”.
2. La segunda “anormalidad” o “locura” pasaba por aquellos que asumiéndose normales y custodios del orden (como los escribas), condenaban el poder liberador de Dios manifestado en Jesús, alegando que era un poder del mal. Esta locura particular está enceguecida sin poder entender el poder de Dios y cómo éste obra en el mundo. El problema con esta locura radica en que quienes la padecen, no creen estar padeciéndola. No sólo no ven el obrar de Dios en el mundo, sino que cuando lo ven, creen que es el mal el que está obrando. Estas personas prefieren que los anormales se queden en sus respectivos lugares de marginalidad y que no se junten con los demás normales. Tienen también un profundo respeto por el statu quo. Que las cosas sean como han sido siempre.
3. En tercera instancia tenemos la “locura” o “anormalidad” de Jesús. Éste cumple la voluntad de su Padre, encarnando la santidad de Dios en medio de lo aparentemente más alejado de Dios. La locura de Jesús es peligrosa porque va a contramano de todos. Jesús se junta con los que nadie quiere juntase. Jesús les habla a aquellas personas a las que hace tiempo nadie les quiere hablar. Jesús toca a personas que hace años no reciben una caricia o una palmada. Jesús presta especial atención a los márgenes de la sociedad. Márgenes que están llenos de gente. Márgenes que han sido construidos sin justicia, sin misericordia, sin amor, por centros poderosos y alejados de la voluntad de Dios.
¿En qué locura estoy? ¿En qué locura quiero estar? ¿En qué locura estamos? ¿En qué locura queremos estar? ¿Hacia dónde habrá que ir?
Me parece necesario terminar pensando en la familia que supera los lazos de sangre. La familia de Jesús es la que busca hacer su voluntad en el tiempo y en el espacio que le toca vivir. La familia de Jesús es la que reconoce el accionar de Dios en medio de su pueblo. La familia de Jesús, es aquella que sigue sus pasos, imita sus gestos, copia sus acciones, actualiza ese obrar en el día de hoy. La familia de Jesús está tan loca como él.
Quiera Dios llenarnos de la locura de su Hijo, para que podamos abandonar el centro en el que a veces nos ubicamos, para empezar a involucrarnos con los márgenes, donde caminó, enseñó, sanó y predicó el Dios hecho ser humano, Jesús. Que así sea. Amén.


(1) La reflexión completa de Guillermo Hansen se puede consultar en: https://www.workingpreacher.org/preaching.aspx?commentary_id=1375

martes, 2 de junio de 2015

Predicación

Domingo de Trinidad – 31 de Mayo de 2015
P. Maximiliano A. Heusser

Leer: Isaías 6:1-8 - Romanos 8:12-17 - Juan 3:1-17

El texto del Evangelio de Juan nos relata el encuentro entre Nicodemo y Jesús. Nicodemo era una persona importante de los judíos y pertenecía al grupo de los fariseos. Un grupo tradicionalmente opuesto a la persona, al mensaje y a las prácticas de Jesús.
Como hemos mencionado ya en alguna oportunidad respecto del Evangelio de Juan, los detalles no son casuales sino que están cargados de sentido. Por esto, que Nicodemo venga a Jesús de noche no es un detalle menor. En el prólogo del Evangelio, Juan define a Jesús como “la luz”. Uno viene desde las tinieblas en plena noche y el otro es la luz que ha venido al mundo.
Es difícil entender la intención real de Nicodemo en este encuentro. Al venir de noche podemos pensar que busca no llamar la atención y que los seguidores de Jesús no lo vean. También podría ser que no quisiera que lo vieran los demás fariseos evidenciando así que pensaba de Jesús algo distinto de sus colegas judíos.
Nicodemo llama “Rabí” a Jesús, un título popular que la gente le daba a un maestro de su tiempo. Todavía no sabemos si se lo dice sinceramente o es una forma de congraciarse con él.
Nicodemo también sostiene que hay un grupo de personas (¿fariseos, tal vez?) que creen que Jesús no podría hacer lo que hace si no viniera de Dios. Son palabras halagadoras las de este fariseo. Todavía no sabemos si son honestas.
Jesús frontalmente le dice que si no se nace de nuevo no se puede ver el Reino de Dios. Parece que Nicodemo no entiende mucho y se queda concentrado en la metáfora y no es el mensaje profundo que estaba detrás de ella.
Jesús aclara un poco más: hay que nacer del agua y del Espíritu para entrar al Reino de Dios. Aquí podemos ver cómo la comunidad de Juan recuerda el bautismo de agua para conversión, realizado por Juan el Bautista, y cómo han sumado el bautismo del Espíritu, como una práctica necesaria, para vivir una vida distinta. Esto era aquello que Nicodemo parece no entender… Los dos son maestros, Rabi, pero parece que saben de cosas distintas…
En la última parte del pasaje encontramos algunos de los conceptos más valiosos de todo el Evangelio de Juan, y también, de todo el Nuevo Testamento. Los versículos 16 y 17 nos hablan del amor de Dios y de su voluntad para con la humanidad.
“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él”.

1. En primer lugar quiero llamar la atención sobre el fariseo Nicodemo. Nicodemo conocía la ley mosaica al detalle, conocía también las interpretaciones que había hecho su propia tradición al respecto, y a su vez, conocía y animaba a otros a practicar ciertos ritos de purificación en obediencia a la ley. Dicho en otras palabras, era un conocedor de la ley y un defensor acérrimo de las prácticas y costumbres judías.
Para terminar de conocer a Nicodemo, Juan lo menciona en dos oportunidades más. Allí podremos advertir cuál fue la intencionalidad que tuvo al acercarse a hablar con Jesús. Quizás podamos imaginar también, cuál fue el efecto que tuvo esa charla con Jesús sobre su propia vida. Juan lo menciona en el final del capítulo 7, intentando convencer a demás fariseos y principales sacerdotes de escuchar a Jesús antes de juzgarlo. También lo menciona en el final de Juan 19, preparando el cuerpo de Jesús crucificado junto a José de Arimatea.
Lo primero que debemos destacar es que Nicodemo tuvo la valentía necesaria para acercarse a Jesús a pesar de estar en la vereda de enfrente. Nicodemo, con sus dudas, su desconfianza, sus oscuridades, sus temores, se acerca al que sabe que piensa muy distinto de él. Se acerca, y aunque le cuesta, quiere entender.
Debemos aprender de esta actitud. Muchas veces los que conocemos la Palabra, los que somos defensores de buenas prácticas y costumbres cristianas, necesitamos tener la humildad de escuchar a alguien que dice algo distinto. Debemos ser menos soberbios y altaneros y no pretender (esto es más difícil aún) ir a decirle al otro lo que debe pensar.
De la misma manera, debemos aprender de Nicodemo, que por más que “estemos en otra”, por más que estemos alejados de Dios y su voluntad, por más que estemos en el reino de las dudas, de las desconfianzas, de la crítica, Él está dispuesto a escucharnos, a recibirnos, a hacernos pensar otras cosas en las que nunca habíamos pensando. El Señor siempre está dispuesto a que redescubramos lo que espera de nosotros y nosotras.
2. En segundo lugar, y saliendo de la cuestión de Nicodemo, quiero que pongamos la atención en las palabras de Jesús al final del pasaje de hoy. Como decía hace un momento, en los últimos dos versículos (Juan 3.16-17), Jesús nos habla del amor de Dios y de su voluntad para con la humanidad.
Dios nos ama tanto, pero tanto a los seres humanos y a la creación toda, que dio a su único Hijo para que todo aquél que crea en Él, no se pierda, no se confunda, no se equivoque feo, sino que conozca lo que Dios espera de él o de ella y pueda tener vida eterna.
Dios no nos ama un poco, Dios no nos ama a medio tiempo, Dios no nos ama con peros ni con condiciones, nos ama todo lo que nos puede amar. Y ese amor ENORME de Dios es para todos y cada uno de los seres humanos. No hay nadie que no merezca el amor de Dios. En este sentido, todos y cada uno de los seres humanos somos iguales en dignidad. Porque Dios nos ama a todos por igual. Y ese amor de Dios afecta notablemente nuestra vida cuando lo dejamos entrar, cuando aceptamos que ese amor tan grande es para nosotros, cuando accedemos a creer en Jesús…
En la misma línea dice Jesús que él no vino al mundo para condenarlo, sino para salvarlo. Es decir, que Jesús no vino a hacer el listado de los posibles pasajeros al tren del infierno, sino todo lo contrario.
Pensando en este segundo punto, no dejo de asombrarme en cómo los cristianos y principalmente los evangélicos –por lo menos algunos- nos empecinamos en querer hacer la lista de los posibles pasajeros al tren del infierno. Es como si nos aflorara la vocación de hacerlo. Casi que nos sentimos llamados por Dios a hacer ese listado…
Internet tiene la particularidad de que uno puede escribir algo y muchas personas lo pueden leer. Incluso, según el formato de ese lugar, las personas pueden hacer un comentario al respecto de lo que leen. En ese lugar tuve la oportunidad de leer la confesión de un muchacho respecto de un presunto pecado. No saben ni se imaginan la cantidad de comentarios durísimos que recibió este muchacho. Vale aclarar que el sitio era evangélico. Lo defenestraron, lo trataron de pecador, caído, débil en la fe, vergüenza de Dios, carnal, imposibilitado para ejercer cualquier ministerio, etc. Yo no sé si este muchacho volvió a la iglesia después de leer todos los comentarios que le hicieron. Es más, si no volvió lo puedo entender. Si volvió a la iglesia después de todo esto, puedo decir que Dios mismo obró un milagro en Él.
Dios no envío a su hijo a condenar al mundo sino a salvarlo. Los seguidores de Jesús, los creyentes, tenemos que seguir su ejemplo. Debemos bajarnos del banquito en el que nos subimos con el dedo acusador y el ceño fruncido, para sentarnos a conversar de igual a igual con aquellos que necesitan saber y entender que Dios les ama.
Cuando nos preguntamos por qué a los jóvenes les cuesta venir a la Iglesia, por qué muchos de ellos no se sienten representados en nuestra manera de vivir la fe, por qué algunos de ellos dicen –incluso- que somos hipócritas, tenemos que pensar en estas cosas. Por qué algunos están más comprometidos fuera de la iglesia que dentro de ella, tenemos que pensar en esto. Algunos participan en ONGs, centros de estudiantes, programas de voluntariado, agrupaciones políticas… tienen un compromiso marcado con el otro.
Creo con sinceridad que la sociedad ha dado algunos pasos significativos. Como sociedad estamos entendiendo que la discriminación es algo malo; estamos también entendiendo que la sociedad es más diversa de lo que pensábamos y que, por ende, no todos somos iguales. Estamos en el costoso camino a entender que la mujer es igual al hombre y no un ser inferior. Estamos tratando de entender que vivir plenamente es mucho más complejo de lo que nos venían enseñando. Como sociedad hemos dado pasos significativos…
De la misma manera y con sinceridad, creo que como iglesia no hemos acompañado totalmente esos pasos significativos. Si bien es cierto que algunos pasos hemos dado en algunas áreas, es cierto también que en otras nos hemos quedado atrás. Y no estoy diciendo que debemos ser “como el mundo”. Sino que debemos ser creativos y abiertos para poder seguir anunciando el Evangelio de Jesucristo. Porque si nos quedamos varados en ciertas maneras de pensar, el Evangelio dejará de ser una buena noticia, convirtiéndose en una noticia vieja. Y si hay algo que no tiene valor y nadie quiere recibir ni escuchar es una noticia vieja…
3. En tercer y último lugar, ese amor ENORME de Dios para con la humanidad debe movilizarnos y hacernos salir de nuestros moldes. Ese amor tan grande de Dios por nosotros nos tiene que hacer amar a los demás. Sin merecer ese amor lo hemos recibido por gracia de Dios, entonces indefectiblemente debemos compartirlo con otros y otras.
Quiero que pensemos en el agua. Siguiendo los planteos físico-químicos, se sabe que la misma masa de agua líquida al pasar a estado sólido (hielo) ocupa mayor volumen. Dado que al congelarse el agua se expande, ejerce una presión desde adentro hacia afuera en las paredes del envase, el cual, si es rígido y frágil, como lo es el vidrio, se rompe.
Pensando en la actitud de Nicodemo en su acercamiento a Jesús, pensando en el ENORME amor que Dios tiene para con toda la humanidad, seamos como seamos, y pensando en el ENORME amor de Dios que somos llamados a compartir, creo que la imagen del hielo en la cubitera nos puede ayudar. Somos el agua y por gracia de Dios hemos llegado a un determinado lugar, con una manera de pensar, de vivir la fe, de relacionarnos con los demás que nos contiene y donde nos sentimos muy cómodos/as. Pero, con el paso del tiempo y al tener cada vez menos contacto con otros lugares, con otras aguas, con otras maneras de vivir la fe, con otras maneras de pensar, nos vamos enfriando… Nos enfriamos tanto que nos convertimos en hielo. Y por la cuestión físico-química que mencionamos antes, al expandirnos en nuestro propio lugar, se nos termina haciendo imposible salir de eso que nos contiene.

Quiera Dios, hermanos y hermanas, que podamos sentir ese ENORME amor de Dios. Que podamos decir, como Pablo: "Abba padre". Quiera Dios también que no nos enfriemos. Que podamos animarnos a tener contacto con quienes piensan distinto, con quienes viven la fe y la espiritualidad de otra manera, con quienes conciben el mundo de forma diferente. Para que nuestro testimonio y acción en el mundo pueda seguir siendo buena noticia para todo aquél que la recibe. Que así sea, Amén. 

martes, 12 de mayo de 2015

Predicación

6° Domingo de Pascua – 10 de Mayo de 2015
P. Maximiliano A. Heusser

Leer: Hechos 10:44-48 - 1 Juan 5:1-6 - Juan 15:9-17
Un tema que parece atravesar los textos bíblicos de hoy es el amor. Aparece en el Evangelio, en la primera carta de Juan, y podríamos decir, que también tiene que ver con el texto del libro de los Hechos.
Les propongo que podamos detenernos brevemente en cada uno de estos textos bíblicos, comenzando por el del Evangelio, luego deteniéndonos en la carta de Juan y por último reflexionando sobre el pasaje del libro de los Hechos.
1. Juan 15:9-17
Este pasaje está dentro de la unidad titulada tradicionalmente “Jesús, la vid verdadera”, texto que compartimos el domingo pasado. Sin embargo, la temática es un tanto diferente. Mientras el domingo pasado podíamos poner nuestra atención en nuestra relación con el Padre y nuestra cercanía a Él, el pasaje de hoy nos anima a pensar en el amor del Padre a Jesús y de Jesús a sus discípulos/as.
Jesús afirma ese amor del Padre por él y de él por ellos e invita “permanezcan en mi amor” (Jn 15:9). Jesús también indica cómo se puede permanecer en ese amor: “guarden mis mandamientos” (15:10). Y él se pone de ejemplo, porque él guardó los mandamientos del Padre.
Jesús sostiene que si se hace esto, su gozo estará en sus discípulos y sus discípulos estarán plenamente gozosos. El gozo aparece cuando se tiene la seguridad de estar cumpliendo con el mandamiento de Jesús.
El maestro también aclara cuáles son los mandamientos que hay que cumplir. Ámense los unos a los otros como yo los he amado. El amor más grande es poner la vida por los amigos. No se trata, como podríamos llegar a pensar, en cumplir con los diez mandamientos, Jesús no está hablando de eso. Está hablando de otra cosa. Está hablando de amarse los unos a los otros, incluso, poniendo la propia vida a disposición.
Por esto el mandamiento del amor de Jesús supera los diez mandamientos del AT. Porque yo puedo respetar cada uno de ellos sin amar a nadie. Yo puedo decirle a alguien “te mataría con mis propias manos, pero no lo hago”. Así estaría guardando el mandamiento “no matarás”, pero ¿Tengo amor por el otro, por la otra? No… Jesús propone amar, amar y amar…
Jesús les dice a sus discípulos/as y a nosotros también, que somos sus amigos si hacemos lo que Él nos manda. En este punto pareciera que se trata de una amistad condicionada. Suena hasta infantil decirle a alguien “si hacés lo que yo te pido, sos mi amigo” (15:14).
En el siguiente versículo (15:15) se aclara este tema. Jesús dice que no los va a llamar siervos, porque éstos no saben lo que hace su señor, se limitan a cumplir órdenes. Hay una distancia entre el siervo y su señor. Lo que Jesús sostiene es que todo lo que él ha hecho y ha dicho ha permitido que ellos conozcan a Dios, conozcan lo que “piensa su Señor”. Por eso ahora son amigos, porque saben cómo viene la mano, conocen cuál es la voluntad de Dios para la humanidad.
Finalmente, luego de afirmar que Él los ha elegido a ellos y no ellos a Él, y que quiere que los frutos de ellos sean buenos y perduren en el tiempo, da la promesa de que todo lo que se le pida al Padre, Él lo concederá. Y termina diciendo una vez más: ámense los unos a los otros”.
2. 1 Juan 5:1-6
El autor de esta carta dice que aquél que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios. También dice que quien ama al que lo engendró (el Padre), debe amar a las otras personas que son sus hijos e hijas.
El autor quiere ayudarnos a descubrir si amamos o no a los demás hijos de Dios, es decir, a cualquier persona que afirme que Jesús es el Cristo, persona que ha sido hecha hija de Dios. Esto se puede ver, nos dice, cuando amamos a Dios y guardamos sus mandamientos.
Aquí me parece muy necesario recordar lo que dijimos recién sobre los mandamientos hablando del pasaje del Evangelio. Cumplir los mandamientos de Dios no tiene que ver con el respeto a las leyes del AT. Cumplir los mandamientos de Dios nos hace ver mucho más allá de un mero legalismo religioso. Se trata de ser imitadores de Jesús, quien supo distanciarse del legalismo religioso llegando con amor a todos y a todas.
Cumplir con estos mandamientos de Dios no debería ser algo gravoso o costoso para nosotros. Porque si nacimos de Dios (si creemos que Jesús es el Cristo) podemos vencer al mundo por medio de nuestra fe. En este sentido, creo vencer al mundo tiene que ver con superar estereotipos, superar prejuicios, superar nuestras mezquindades cuando hablamos del amor de Dios.
3. Hechos 10:44-48
Entrando en el pasaje de los Hechos, debemos decir que Pedro está en la casa de Cornelio, un militar romano (extranjero y gentil) simpatizante del culto judío, era un prosélito. En los versículos anteriores, Pedro ha afirmado que entiende que Dios no hace acepción de personas, sino que se agrada del que le teme y obra con justicia (Hch 10:34-35). En este sentido, Pedro ha dado un salto enorme con respecto de muchos de sus compañeros apóstoles judíos. Ha entendido que Dios no sólo busca a determinadas personas, sino que busca a todos/as. También ha entendido que no se necesita cumplir con ciertos requisitos para que Dios acepte a las personas. Dios acepta a todos, vengan de donde vengan, sean como sean, vivan como vivan, son aceptados/as… Sostiene en Hch 10:25: “Como ustedes saben, para un judío es muy repugnante juntarse o acercarse a un extranjero, pero Dios me ha hecho ver que no puedo llamar a nadie gente común o impura”.
En el pasaje que leímos hoy, mientras Pedro predicaba acerca de Jesús, se da lo que algunos llaman el “Pentecostés de los gentiles”. Todos estos extranjeros en casa de Cornelio a quienes Pedro les estaba predicando acerca de Jesucristo fueron llenos del Espíritu Santo y hablaban en lenguas y glorificaban a Dios. Y fueron bautizados en el nombre de Jesús, siendo parte de los primeros cristianos en el imperio romano.
Esta actitud abierta de Pedro –en este momento- para con los gentiles extranjeros fue una osadía. El mismo Pedro va a tener dificultades con otros discípulos quienes no piensan como él. Pablo, el Apóstol a los gentiles por excelencia, será quien le pida a Pedro que sostenga su convicción.
De manera que todos estos apóstoles eran creyentes, todos habían recibido el Espíritu Santo en aquél Pentecostés en Jerusalén. Pero mientras algunos sentían que el fluir del Espíritu Santo los animaba a cambiar ciertas estructuras, a repensar ciertas seguridades, a superar ciertos límites, a saltar barreras, y todo por amor, había otros discípulos que no lo veían así… sino hasta un tiempo después.
1. En este domingo, creo que Dios nos pide respetar los mandamientos de Jesús. En este caso no se trata simplemente de amar a los demás como a nosotros mismos (como aparece en los otros evangelios). Dios nos pide amar como Jesús amó, ser imitadores/as de su amor para con los demás. Nosotros, que conocemos en Jesús la voluntad de Dios –y esto nos hace sus amigos- debemos ser sus imitadores y llevar de su amor a todos lados y a todas las personas.
2. Creo también que Dios nos anima a repensar quiénes son o pueden ser hijos e hijas de Dios. Conozco gente consagrada que hablando de otras personas creyentes afirman livianamente: “esas personas no son hijos e hijas de Dios”. El texto de 1 Juan nos dice que quien cree que Jesús es el Cristo es hijo de Dios y ha nacido de Él. Dicho de otra manera, todo aquél que confiesa que Jesús es el Cristo tiene renovada en sí mismo la imagen de Dios. Le guste a quien le guste, le cueste a quien le cueste…3. Finalmente creo, que en estos tiempos que vivimos donde desde tantos ámbitos cristianos y evangélicos se discrimina, se segrega, se excluye a tantos y tantas por ser diferentes, nos toca a nosotros y nosotras en este tiempo levantar una voz diferente. La voz de Pedro pudo ser escuchada en su momento y tiempo después la voz de Pablo. Hoy les toca a ustedes y me toca a mí, dejar que el Espíritu de Dios trabaje en nosotros y nos anime a dar pasos hacia adelante. Pasos en la búsqueda de fidelidad a Dios, para que ese amor que Él nos dio sin merecerlo y sin razón, pueda llegar a tantas personas a las que se les dice que no lo merecen.
El pastor bautista Martin Luther King, Jr., defensor de los derechos civiles y de la igualdad entre blancos y negros en los EE.UU., tiene una muy breve reflexión sobre la toma de posturas que me gustaría compartir para cerrar:
“La cobardía hace la pregunta ¿Es seguro?
La conveniencia hace la pregunta ¿Es político?
La vanidad hace la pregunta ¿Es popular?
Pero, la conciencia hace la pregunta ¿Es correcto?
Y llega el momento en que se debe tomar una posición que no es segura, ni política, ni popular. Pero se la debe tomar porque es la correcta”.


Quiera Dios que la típica frase que ponemos en señaladores, tarjetas, invitaciones y calcomanías “Dios es amor”, se pueda ver reflejada en nuestra vida y así, más personas puedan afirmar que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios. Que así sea. 

martes, 28 de abril de 2015

Predicación


4° Domingo de Pascua – 26 de Abril de 2015

Leer: Hechos 4:5-12 - 1 Juan 3:16-24 - Juan 10:11-18
Los textos bíblicos de este domingo nos proponen reflexionar en la figura del “buen pastor”. Seguramente recordamos alguna imagen o algún cuadro, o incluso un vitreaux con esta imagen: Jesús cargando sobre sus hombros un pequeño corderito.
Esta figura es utilizada en el AT para referirse a las responsabilidades que tenían los principales y los gobernantes para con el pueblo. El profeta Ezequiel es uno de los que más trabajan esta imagen, diferenciando a los buenos pastores de los malos pastores. Unos cuidan el rebaño y los otros lo dispersan, unos apacientan sus ovejas y los otros se apacientan a sí mismos (Ezequiel 34).
En un mundo rural y campesino, como era Israel en ese tiempo, trabajar con la imagen del ganado más habitual, era una forma de explicar y retratar el mensaje que se pretendía transmitir. Era casi, una estrategia pedagógica.
Jesús trabaja con esta imagen y se aplica a sí mismo el título “buen pastor”. Dice: “yo soy el buen pastor” (Jn. 10:11). En su discurso Jesús deja en claro varios puntos al respecto:
* El da su vida por sus ovejas: Aquí Jesús compara a los verdaderos pastores (dueños del rebaño) con los asalariados (contratados). Jesús afirma que éstos no dan su vida por sus ovejas y que ante el peligro, salen corriendo y abandonan el rebaño.
Hay quienes ponen su mirada en el tema económico, afirmando que como los asalariados hacen su trabajo por dinero, lo hacen mal o descomprometidamente. Esta es una manera de ver el asunto. Sin embargo, vale decir también, que los dueños del rebaño también obtienen un lucro por el ganado. No tienen un rebaño por amor por amor a las ovejas.
Lo que Jesús pone de manifiesto es que hay pastores que dan todo de si por sus ovejas, porque le importan, y hay otros que sólo dan lo justo y necesario (o menos), porque no le importan. Jesús da todo de sí, incluso hasta su propia vida (Jn. 10:11,15). Aquí se hace referencia a la muerte de Jesús en la cruz por nuestra salvación.
* Conoce sus ovejas y ellas lo conocen: Jesús establece que entre las ovejas y el buen pastor hay un conocimiento mutuo. Él las conoce y ellas lo conocen a Él. Hay un conocimiento profundo e íntimo entre el buen pastor y sus ovejas. Afirma un comentarista: “Conocer a Jesús significa experimentar su amor e identificarse con su persona y actividad. Esta relación de conocimiento-amor es tan profunda que Jesús la compara a la que existe entre él y el Padre”.
* Tengo otras ovejas: Estas palabras de Jesús fueron entendidas de diversas maneras. Hay quienes han entendido que Jesús se refería a la gente pecadora del momento (publicanos, prostitutas, gentiles, etc.). Hay quienes han entendido que se refería a los judíos dispersos en el mundo, a quienes iba a juntar en el nuevo Israel. Finalmente, hay quienes ven en estas palabras una idea universalista del mensaje y señorío de Jesucristo, que va mucho más allá de los muros de Israel, se refieren a una nueva humanidad que se extiende a todos, sin distinción de raza, origen, género, color, etc.
* Finalmente Jesús se refiere al amor que recibe del Padre, afirmando que es la consecuencia de poner voluntariamente a disposición su propia vida -en beneficio de la humanidad- para volverla a tomar. Nadie le quita la vida a Jesús, Él la ofrece para la salvación de toda la humanidad.

En principio, si nos pensamos a nosotros mismos en relación a este pasaje, observaremos al Señor como el buen pastor y nos limitaremos a ser ovejas. Pondremos nuestra mirada en los cuidados y atenciones que tiene para con nosotros y en cómo dio su vida por nosotros/as. Esta mirada nos hace valorar la obra de Jesucristo y su amor para con toda la humanidad.
En un segundo momento, podemos pensar las figuras pastorales a la luz de este pasaje. Podemos pensar si se preocupan y ocupan de sus ovejas o si al primer peligro o dificultad abandonan al rebaño. Esta mirada nos hará pensar en unos pocos, justamente en aquellos que ejercen roles pastorales en la comunidad.
El pasaje de 1 Juan nos ayuda a ajustar el foco en nuestra lectura del pasaje del Evangelio. Comienza diciendo que conocemos el amor de Dios porque Él puso su vida por nosotros. Hasta aquí no nos suma mucho al Evangelio. Pero afirma también, que como Él dio su vida por nosotros, también nosotros/as debemos poner nuestra vida por los demás (1 Jn. 3:16).
El autor de esta carta nos invita a abandonar el lugar de simples ovejas, por cierto cómodo, para asumir que debemos imitar las actitudes del buen pastor. No se trata de acciones o actitudes que sólo hizo o tuvo Jesús, ni tampoco se trata de acciones o actitudes que se limitan a aquellas que deben tener los pastores y pastoras, sino que nos involucra a todos quienes creemos en Él.
En esta carta también aparece el tema económico, como en el Evangelio. Pero al igual que en el Evangelio, el asunto es si nos preocupamos y ocupamos por el resto, por los demás.
El autor sostiene que si tenemos bienes materiales (bienes de este mundo) y al ver a nuestro hermano tener necesidad no se nos mueve un pelo (cerramos contra él nuestro corazón), ¿Cómo es que está el amor de Dios en nosotros/as? La respuesta a esta pregunta es obvia: ¡No está! Si cerramos nuestros corazones a los hermanos/as que tienen necesidad no está el amor de Dios en nosotros.
Por eso el autor dice “no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad” (1 Jn. 3:18). Porque cuando uno ama de palabra pero no de hecho, en realidad no ama.
Usando una expresión típicamente paulina, podríamos decir que quien cree amar y tener el amor de Jesucristo en él, pero sólo ama de palabra y no de hecho, permanece en el viejo hombre, en la vieja humanidad. Es una persona que verdaderamente no se ha convertido.
Estos aportes de la carta de Juan nos ayudan a reflexionar volviendo a los puntos mencionados respecto del Evangelio, pero desde esta mirada que nos involucra tanto individualmente (como creyentes) como comunitariamente (como comunidad de fe).
* El buen pastor da su vida por sus ovejas: Tenemos que poder reflexionar sobre lo que damos por los otros; sobre qué hacemos al servicio de los demás; tenemos que reflexionar sobre las causas en las que nos involucramos.
Conozco personas que teniendo una pequeña dificultad que afrontar (como un dolor), no llegan a ver más allá del problema y toda su vida pasa por ese pequeño dolor que les molesta. La causa en la que están involucrados, no sólo tiene que ver con ellos mismos/as, sino que es un tema totalmente insignificante. Malgastan la vida que debe vivirse al servicio de los/las demás.
* El buen pastor conoce las ovejas: Tenemos que poder reflexionar si verdaderamente nos importa conocer al hermano/a. Tenemos que detenernos a pensar, si en esto de ser comunidad, estamos dispuestos a invertir tiempo y esfuerzo en conocer a los demás y en dejar que nos conozcan. Algo de esto vivimos y trabajamos en el campamento el fin de semana pasado. Hay que invertir tiempo en conocer al otro, a la otra, y hay que abrirse y contar algo de uno, para crecer juntos como familia en la fe.
* Tengo otras ovejas: Tenemos que reflexionar sobre las ovejas que no están en el redil, pero que le pertenecen. No sólo tenemos que reflexionar en aquellas personas que todavía no conocen a Dios o no se animan a venir a la Iglesia. Tenemos que poder reflexionar sobre aquellas personas que nos chocaría ver dentro de la comunidad de fe. Tenemos que reflexionar sobre aquellas personas que no querríamos ver dentro de la Iglesia… Si se acerca una prostituta ¿Qué pensaríamos? Si se acerca un muchacho vestido de negro, lleno de tatuajes, aros y piercings ¿Qué pensaríamos? Si se acerca alguien en situación de calle ¿Qué pensaríamos? Si se acerca un tal José pero vestido y maquillado de Josefina ¿Qué pensaríamos? Si se acerca una pareja de chicas lesbianas ¿Qué pensaríamos?
Una primera respuesta puede ser que no son ovejas del buen pastor. Una segunda respuesta puede admitir que son ovejas de Dios, pero no de éste redil, serán de otro, pero no de éste. Y una tercera respuesta puede ser “todas las ovejas tienen lugar en este redil”.
¿Cuál de todas estas respuestas será la que elijamos? ¿Cuál de estas respuestas daría Jesús? ¿En cuál de estas respuestas se puede ver que imitamos las acciones y actitudes del buen pastor? ¿En qué respuesta se ve y se siente que el amor de Dios mora en nosotros? ¿En qué respuesta se ve que amamos no de palabra, sino de hecho y en verdad?
* Finalmente Jesús se refirió al amor que sentía de parte de Dios, un amor que era la consecuencia de dar su propia vida en beneficio de los demás. Vale decir, que “los demás” eran pecadores y -citando a Pablo- destituidos de la gloria de Dios. Quizás, nosotros y nosotras también podremos sentir el amor de Dios si damos nuestra vida por aquellos que parecería que no merecen nuestro esfuerzo.
Jesús es el buen pastor y a nosotros nos ha dado un ejemplo claro e imitable de cómo ser sus seguidores. Quiera nuestro buen Dios, guiarnos y animarnos para que podamos ser buenos pastores los unos de los otros/as.

P. Maximiliano A. Heusser
Córdoba, Argentina.

martes, 7 de abril de 2015

Predicación

Domingo de Resurrección - 05 de Abril de 2015
P. Maximiliano A. Heusser
Leer: Juan 20:1-18.
El Señor Jesús ha resucitado. ¡Verdaderamente ha resucitado!
Una de las características que identifican a las Iglesias cristianas es esta afirmación que acabamos de realizar. Nuestra fe es que Jesús resucitó.
1. Ahora bien, quiero comenzar señalando algunos aspectos de este pasaje del Evangelio de Juan. Específicamente quiero detenerme en la actitud de María Magdalena.
El grupo de discípulos está encerrado, con miedo. Quienes habían procurado encontrar la forma de matar a Jesús lo habían llevado a cabo. A esto se sumaba que uno de ellos lo había entregado, otro lo había negado, y la mayoría había salido corriendo como “rata por tirante”.
Ese es el grupo que está encerrado, donde está María Magdalena, y seguramente, otras mujeres. De hecho, cuando ella vuelve de ver la piedra corrida del sepulcro dice: “se han llevado del sepulcro al Señor y no ‘sabemos’ donde lo han puesto” (Juan 20:2).
Juan evidencia que María Magdalena y quienes la acompañaban, vencen su temor, vencen sus contradicciones, superan sus propias incoherencias, para hacer aquello que correspondía hacer. No es casualidad, entonces, que María Magdalena, teniendo esta actitud se convierta, por voluntad del resucitado, en la primera persona en verlo y en el primer apóstol en dar testimonio de la resurrección. 
En este texto del Evangelio no sólo se ve que había diversidad en los seguidores de Jesús, sino que también era diverso el grupo de apóstoles que anunciaban su resurrección. Cuánto tenemos que aprender de esta gente…

2. Ahora bien, quiero detener la atención sobre el hecho mismo de la resurrección.
Afirmamos desde la teología que la resurrección no es un hecho histórico. No se asusten. Esto no significa que la resurrección sea un hecho ficticio, ni mucho menos. Significa que el valor de la resurrección más mucho más allá del nivel físico. La resurrección trasciende el plano histórico.
Contamos con referencias históricas de la vida de Jesús. Por ejemplo, el historiador judío que quería ganarse la simpatía del Imperio Romano, Flavio Josefo, escribe acerca de Jesús en su libro “Antigüedades judías”. Lo menciona, sin ser cristiano, dos veces en sus escritos. Esta es la fuente no cristiana que revela la existencia de Jesús en medio del pueblo judío.
Por otro lado, los relatos de los Evangelios nos hablan de la vida de Jesús. Lo que hizo, lo que dijo, con quiénes tuvo enfrentamientos, a quiénes eligió, quiénes le siguieron, quienes decidieron matarlo, etc. Ningún texto bíblico nos relata cómo fue la resurrección, cómo sucedió.
Lo más parecido, que no es estrictamente resurrección sino revivificación, es el caso de Lázaro (Juan 11), donde este vuelve a la vida. Allí sí, el evangelista nos relata cómo sucedió. Nos muestra a Jesús en frente del sepulcro, pidiéndole a la gente que quitaran la piedra de la puerta, orando a Dios y gritándole a Lázaro: “¡Lázaro, ven fuera!”, y este salió con vida del sepulcro.
La resurrección de Lázaro fue un paso hacia atrás, una vuelta a su misma vida habitual. No hubo ninguna transformación ni nada de la vivificación del hermano de Marta y María que lo hiciera trascender. Lo único que trascendió de esta última señal de Jesús era su identidad como Hijo de Dios.
La resurrección de Jesús no fue un paso hacia atrás, un paso hacia lo mismo. No fue como la vivificación de Lázaro. Fue un paso hacia adelante, hacia algo distinto, hacia algo superador. Hacia algo que iba a afectar a toda la humanidad, incluso a nosotros hoy en este lugar.
Sin embargo, ninguno de los evangelios nos relata cómo sucedió la resurrección. Nos relatan las experiencias de creyentes que sintieron, vieron y oyeron al resucitado. Por esto, la resurrección de Jesús, núcleo de nuestra fe cristiana, tiene que ser mucho más que un fenómeno físico. La resurrección debe trascender el plano físico e histórico.
Por esto, cuando afirmamos la resurrección no nos adherimos a un mito caprichoso. Expresamos nuestra adhesión a una verdad de fe, con un sentido extremadamente profundo. Y sobre ese sentido debemos poder reflexionar.

3. ¿Cuáles fueron las consecuencias de la resurrección?
La primera consecuencia de la resurrección fue el empoderamiento de los discípulos y discípulas como verdaderos apóstoles del resucitado. Ellos recibieron el poder del Espíritu Santo, para hacer la tarea que les fue encomendada.
La segunda consecuencia se da cuando este grupo va tomando coraje y proclama abiertamente quién fue Jesús y su resurrección. Al hacerlo, encienden de enojo y furia a aquellos que planearon y lograron darle muerte a Jesús. Y nos tenemos que preguntar ¿Por qué? ¿Por qué se enojaban al escuchar predicar a Pedro? ¿Por qué se enojaban al escuchar predicar a Esteban?
Se enojaban y se encendían de furia porque habían matado a Jesús, pero su obra, su mensaje, y el Reino iniciado por Él, no se había podido detener. Se enojaban porque la resurrección de Jesús había animado a “salir del clóset” a tantos y tantas que recordaban las palabras de Jesús y las enseñaban a diestra y a siniestra.
Matando a Jesús, estos grupos de poder, creyeron poder silenciar al mismísimo Dios. No sólo no pudieron hacerlo, sino que a través de la resurrección, su vida y ministerio, el proyecto del Reino de Dios, se transformó en algo trascendente que tenía que ser anunciado para cambiar la vida de las personas, la vida de los pueblos, la historia de toda la humanidad.

Si la cruz nos hace pensar que Dios “le da vuelta la cara a Jesús”, en la resurrección se hace evidente que Dios pone su cara por Él. No lo había abandonado, estaba esperando para manifestarse con poder.
Los principales de los judíos tampoco ponían su mirada en los planos físicos o históricos de la resurrección de Jesús. Ardían de veneno porque Su causa permanecía viva, porque Sus palabras perduraban en las mentes y en los corazones del pueblo. Porque Sus gestos se eternizaban en la memoria colectiva de quienes habían caminado con Él.
Ardían de veneno porque ni la muerte, ni la vida, ni ninguna otra cosa creada, podía llegar a detenerlo. Casi podrían cantar con el Obispo Pagura:
“Porque una aurora vio su gran victoria, sobre la muerte, el miedo, las mentiras; ya nada puede detener su historia, ni de su Reino eterno la venida”.

4. Para ir terminando, es necesario afirmar que la resurrección nos muestra que el mal no tiene la última palabra; que la muerte no necesariamente es el fin de nuestra historia, sino el comienzo de un tiempo distinto.
La resurrección nos muestra que nada se puede hacer dejándonos dominar por nuestros miedos y temores; que nadie puede proclamar la buena noticia, si no supera sus prejuicios, sus incoherencias y sus propias contradicciones, como hizo María Magdalena y las otras mujeres.
La resurrección nos muestra que no hay un tiempo distinto y mejor para todos, si no estamos dispuestos a jugarnos –como decía una canción- por "un reino de amor, justicia y paz".
Hermanos y Hermanas, que la luz de la resurrección, que resplandece como el sol al amanecer, disipe nuestras tinieblas, nuestras dudas, nuestros recelos, para que podamos ser anunciantes de vida nueva. Que el Señor nos bendiga, Amén.

martes, 6 de enero de 2015

Predicación

2° Domingo de Navidad – 4 de Enero de 2015.
P. Maximiliano A. Heusser

Leer: Salmo 147:12-20, Jeremías 31:7-14, Efesios 1:3-14 y Juan 1: (1-9), 10-18.
El Evangelio de Juan, a diferencia de Mateo y Lucas, no tiene relatos del nacimiento de Jesús. No nos cuenta nada del pesebre, ni de Belén, ni nada de eso. Sin embargo, nos cuenta del principio de Jesús y de cómo y por qué terminó naciendo en medio de nosotros/as.
Les propongo una sencilla estructura basada en el pasaje que nos vaya orientando en la reflexión:
1. El logos preexistente.
En el v. 10 se vuelve a mencionar lo que se menciona en los primeros tres versículos del capítulo. El logos estaba en el principio (Génesis) y las cosas fueron hechas por medio de él. En estos versículos se basa la teología para afirmar que el Hijo de Dios no aparece de la nada en el año cero, sino que ya estaba con Dios, era preexistente, eterno.
De esta manera, hablando de la Trinidad, en el Génesis está Dios, el Espíritu que se movía sobre la faz de las aguas (Gn. 1:2) y el logos que finalmente será el Hijo de Dios.
2. Vino a lo suyo y no fue recibido.
El v. 11 ha sido utilizado muchas veces en contra de los judíos. Ellos fueron el pueblo que tuvo el privilegio de tener a Jesús caminando por sus calles, hablando con su gente, enseñando y haciendo distintos tipos de señales, sin embargo lo rechazaron. Es verdad que la mayoría de los judíos no lo recibieron, sin embargo, nosotros sabemos de él gracias a que hubo judíos que lo recibieron.
Por otro lado, si pensamos que los cristianos somos hoy el pueblo de Dios, este texto nos habla a nosotros. Jesucristo, el Hijo de Dios, sigue viniendo a nosotros y nosotros no lo recibimos. Dios se sigue esforzando por llegar a nosotros, y nosotros no lo vemos ni le prestamos atención.
3. Quienes lo reciben son hechos hijos de Dios.
Los vs. 12-13 nos muestran la superación de los esquemas tradicionales. Ya no se es hijo de Dios -como creían los judíos- por la sangre y por ser descendiente de Abraham. Ahora se llega a ser hijo/a de Dios creyendo en el nombre del Hijo de Dios. Es decir, que la posibilidad de ser hijos/as de Dios es ilimitada. Es una posibilidad que llega a cualquier persona, a cualquier pueblo, a cualquier raza, de cualquier clase social, con cualquier gusto musical, sea quien sea y sea como sea.
4. El logos se hizo carne (encarnación).
En el v. 14 Juan nos dice que el logos se hizo carne, se encarnó. En Jesús, de cierta manera Dios abandona su lugar divino, distante de lo humano, misterioso, ajeno a la realidad del ser humano. Dios, diría nuestro Obispo, abandona su zona se seguridad para llegar a la humanidad.
Por esto, la encarnación evidencia el amor que Dios siente por su creación y por la humanidad toda. Se hace evidente que Dios está dispuesto a correr riesgos por nosotros/as. Dios no se “queda en el molde”, sino que sale del molde transformando su amor inmenso en una acción concreta y visible: la encarnación.
5. Recibimos de su plenitud, gracia sobre gracia.
En los vs. 16-17 Juan afirma que de su plenitud recibimos todos, gracia sobre gracia. Ese Dios encarnado fue el ser humano pleno. El ser humano perfecto. Por Moisés recibimos la Ley y por Jesucristo recibimos la gracia (amor) y la verdad. Estas dos gracias (Ley y Gracia) no son opuestas, sino complementarias. Quizás en la ley no se llegaba a ver el amor de Dios. En Jesucristo ese amor se ve con claridad redimensionando la Ley.
6. El verbo nos da a conocer a Dios.
El v. 18 nos recuerda que nadie ha podido ver a Dios. Este “ver” tiene el sentido de conocer a Dios. Nadie ha podido acceder al conocimiento de Dios mismo. El poco conocimiento que podemos tener de Dios es el que tenemos a través del Hijo que nos lo dio a conocer. Antes de que Dios se encarnara en Jesús teníamos una idea bastante velada de Dios. A través de Jesucristo podemos acceder un poco más a Dios mismo. Por eso los evangelios nos cuentan lo que hacía Jesús, lo que decía, lo que pensaba, cómo se comportaba, qué actitudes tomaba, con quiénes se juntaba, a quiénes criticaba, quiénes se reían de él, quienes lo menospreciaban, quiénes quisieron matarlo, etc. Esta es la manera de seguir buscando conocer a Dios. Jesucristo es el criterio que debemos establecer para nuestra vida y para nuestro discipulado.
En Jesús, hemos podido comprender el proyecto de Dios para con toda la humanidad.
En Jesús, hemos podido comprender lo que significa buscar la voluntad de Dios.
En Jesús, hemos podido comprender los costos de querer vivir la voluntad de Dios.

Volvamos a dos puntos de los antes mencionados. El primero es el punto cuatro (4), donde nos referimos a la encarnación. Los cristianos debemos aprender de Dios la valentía de superarnos, y de asumir una actitud dinámica ante las vicisitudes de la vida. Debemos tener la madurez necesaria para que nuestra fe pueda responder a los desafíos que hoy tenemos por delante. Decía hace un momento que Dios “se salió del molde” en Jesús. También nosotros tendremos que salirnos de ciertos moldes.
Si seguimos manifestando las mismas posiciones que hace 50 años en todos y cada uno de los ámbitos de nuestra vida de fe, más allá de los cambios y descubrimientos que se han dado en el mundo, tenemos muy serios problemas…
Si a lo largo de nuestra vida de fe, aunque no seamos mayores, no cambiamos ciertas concepciones, no reformulamos ciertas ideas, no actualizamos algunas creencias, no sólo hemos fosilizado nuestra fe, sino que corremos el riesgo de idolatrar nuestro propio pensamiento. ¡Y esto, hermanos y hermanas, es pecado!
Ahora volvamos al punto tres (3). Allí pudimos ver cómo según el Evangelio de Juan, Dios supera posiciones tradicionales. Cómo expande la posibilidad de ser hijo e hija de Dios, a todo aquél que crea en el nombre de su Hijo Jesús. En ese punto decíamos recién que esta posibilidad de “filiación divina” llega a todas las personas, sean quienes sean, vivan como vivan.
En esta posibilidad que Dios da a la humanidad no sólo se hace evidente el enorme amor de Dios, sino que se hace evidente que ese enorme amor es para TODOS Y TODAS. No es un amor limitado. No es un amor condicionado. Dios no dice: “te amo, pero con una condición, vas a tener que dejar de hacer tal o cual cosa”. Dios no dice: “te amo, pero tenés que vivir de esta manera”. El amor de Dios llega a toda la humanidad, porque Dios ama a toda la humanidad. Dios no ama a ciertos grupos. Dios ama a toda la humanidad. 
Algunas personas creyentes creyeron en algún tiempo que Dios amaba más a los hombres que a las mujeres, y no es así.
Algunas personas creyentes creyeron en algún tiempo que Dios no amaba a los pueblos originarios (esos indios ignorantes y paganos), y no es así.
Algunas personas creyentes creyeron en algún tiempo que Dios amaba más a los blancos que a los negros, y no es así.
Algunas personas creyentes creyeron en algún tiempo que Dios amaba más a la clase media que a los pobres, y no es así.
Nuestra fe debe ser dinámica, debemos poder conversar desde la fe los cambios que se dan en nuestra sociedad y acompañar los distintos procesos que vivimos como sociedad.
En cada uno de los ejemplos que les acabo de mencionar, estos grupos humanos, estos colectivos sociales, se organizaron e hicieron fuerza para que quienes estábamos del otro lado, abriéramos los ojos y dejáramos de discriminarlos.
Hoy sigue habiendo grupos humanos que se organizan para reclamar que quienes estamos del otro lado no los discriminemos. Algunas veces los escuchamos, y otras tantas veces no les prestamos atención. ¿Se nos ocurre quiénes pueden ser?... 
1 Juan 4:8 nos dice “el que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor”.
No sólo tenemos que aceptar a los/las diferentes, tenemos que poder amarlos/as. Si no lo podemos hacer, no temo equivocarme al afirmar que no hemos conocido al Dios de amor.


Quiera Dios (y lo quiere) que nuestra fe no se fosilice, sino que sea dinámica, algo vivo, y que podamos ser personas que aman a los demás. No a los iguales, porque ahí no hay ningún mérito, sino a los distintos, a los diferentes, a los que son discriminados, a los estigmatizados de hoy, personas que integran la humanidad que Dios ama. Que así sea, Amén.  

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Predicación

Domingo 28 de Diciembre de 2014 – Culto de Acción de Gracias
P. Maximiliano A. Heusser

Leer: Isaías 61:10 – 62:3

En este breve texto de Isaías, el profeta exalta dos atributos de Dios: la justicia y la salvación.
El profeta no solo debe haber estado seguro de la existencia de estos dos atributos en Dios, sino que también, de alguna manera, debe haberlos experimentado.
Cuando uno menciona virtudes de algo o de alguien, lo lógico es que uno haya experimentado esas virtudes. Si digo que tal producto es muy bueno, se espera que lo haya probado. Si digo que tal persona es excelente, se espera que yo la conozca lo suficiente para hacer esa afirmación.
Lo mismo sucede con el texto del profeta. Isaías debe haber experimentado y conocido que Dios es un Dios de justicia, que es justo, que hace justicia y que quiere que se haga justicia.
El pasaje forma parte de las buenas noticias de Dios para con su  pueblo. Se menciona, seguramente después del exilio, un tiempo nuevo, de alegría, gozo, un tiempo de reedificación y restauración.
El atributo de la justicia nos ayuda a recordar que Dios no es un Dios al que todo le da lo mismo. No es un Dios indiferente. Esta “no indiferencia de Dios” debe ser extrapolada a nuestro momento histórico. Al hacerlo, podemos sostener que nuestro Señor no es un Dios despreocupado por lo que sucede en el mundo que Él ha creado. No es un “Dios de vacaciones”, con bermudas y anteojos negros. A Dios no le da lo mismo, por ejemplo, las penurias y calamidades que cristianos están sufriendo en medio oriente en este tiempo. Dios no es indiferente a la injusticia. De la misma manera, tampoco le dio lo mismo las penurias y calamidades que los cristianos hemos realizado a distintos pueblos y grupos a lo largo de la historia.
A Dios tampoco le da lo mismo el compromiso cierto de países de disminuir hasta un 40% la emisión de gases de efecto invernadero para el año 2030, intentando disminuir el cambio climático y las consecuencias desastrosas que este trae para los pueblos más carenciados en distintos lugares del mundo. Como tampoco le da lo mismo países y empresarios millonarios que se niegan sistemáticamente a asumir compromisos en ese sentido.
A Dios no le da lo mismo que se realicen grandes, elocuentes y cristianas afirmaciones que no sean respaldadas por vidas vividas con sentido, al servicio de los demás.
A Dios no le da lo mismo -cuando hablando de los bienes y las cosas que se tienen- se privilegia desmedidamente lo mío sobre lo nuestro, lo propio (con el sentido de privado) sobre lo comunitario.
Isaías nos hace recordar que Dios es un Dios justo, que hace justicia y que quiere que se haga justicia.

Isaías también menciona en el texto el atributo de la salvación. El profeta ha experimentado de alguna manera que Dios es un Dios de salvación. En este pasaje, la salvación tiene que ver con el regreso del exilio, con el fin de un tiempo malo y el principio de un tiempo distinto y mejor.
Dios es un Dios de salvación, un Dios que quiere que su pueblo se salve. En este pasaje de Isaías (especialmente en el Cap. 62) se puede ver una mirada que privilegia a Israel sobre otros pueblos. Sin embargo, también hay que notar que en la relación de Dios con Israel hay que poder ver la relación de Dios con la humanidad.
Y en esa relación de idas y vueltas, de acercamiento y alejamiento, Dios quiere que la humanidad se salve.
Entonces ¿Qué será salvarse?
Esta pregunta puede ser respondida de diferentes maneras según el pensamiento y tradición de cada uno/a. Comparto tres posibles respuestas que representan tres tradiciones distintas.
Un evangélico tradicional me dirá que salvarse es recibir a Jesucristo en el corazón.
Un católico romano tradicional me dirá que salvarse es ser parte de los bautizados.
Un pentecostal me dirá que salvarse es haber recibido el doble bautismo (del agua y del Espíritu).
Llama bastante la atención que estas respuestas no están en el texto bíblico. A veces aprendemos ciertas frases o ciertas fórmulas que poco tienen que ver con lo que se afirma en la Escritura. En los textos bíblicos la referencia a salvarse o a la salvación tiene que ver con contar con el favor de Dios. En el recorrido de Israel en el Antiguo Testamento se puede ver que cada vez que el pueblo “hace la voluntad de Dios” cuenta con su favor. Por el contrario, cada vez que se aparta de la voluntad divina, termina padeciendo diferentes circunstancias. De hecho, la salvación aparece fuertemente ligada a la justicia. Alguien justo delante de Dios será alguien salvo.
Esta idea de fuerte raíz veterotestamentaria pero que llega hasta el Nuevo Testamento, supera los límites que algunas veces sostenemos desde las Iglesias; supera también, los límites que a veces ponemos cada uno de nosotros/as cuando conversamos estos temas, por ejemplo, en la sobremesa de un almuerzo o una cena familiar.
Digo que esta idea es superadora porque significa (en contra nuestro) que los cristianos podemos no ser salvos. ¿Cómo sería esto? Cuando nos alejamos de la voluntad de Dios...
Si no buscamos recordar y cumplir la voluntad de Dios puesta en ejemplo humano por el Emanuel, Dios con nosotros, lejos vamos a estar de la salvación y de la justicia de Dios.
Si no buscamos con esmero vivir y cumplir la voluntad de Dios, siguiendo los pasos de Jesús, no importa que hayamos recibido a Jesucristo en el corazón (evangélicos), ni que seamos parte de los bautizados (católicos), ni que hayamos recibido el doble bautismo (pentecostales), no seremos salvos... (o por lo menos no como creemos).

Dios es un Dios de justicia que superó los límites de su pueblo elegido, llevando su mensaje de verdad, justicia, amor y paz, más allá de las fronteras. Por eso la bendición de Abraham es para todos los pueblos de la tierra (Génesis 22,:18). Por eso en el mismo momento del nacimiento del Hijo de Dios, lo adoraron sabios de oriente (Mateo 2). Por esto mismo, apenas comienza a organizarse la comunidad de seguidores del Jesús resucitado, el Señor llama a Saulo, para ser su Apóstol a los gentiles (Hechos 9).
Dios permanentemente supera las fronteras que los seres humanos levantamos entre nosotros/as.
Dioses dinámico y crece, nosotros nos anquilosamos y nos achicamos en nosotros mismos.
Dios es justo y quiere la justicia para todos, nosotros tendemos a ser injustos, queriendo que la justicia sólo obre a nuestro favor.
Dios es un Dios de salvación, nosotros tendemos a creernos salvos y a querer que sólo algunos se salven.
Quiero ir terminando compartiendo un poema muy conocido de un Pastor Alemán, Luterano, compañero de lucha de Dietrich Bonhoeffer en el movimiento opositor a Hitler llamado “La Iglesia Confesante”.
Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas, guardé silencio,
porque yo no era comunista;
Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio,
porque yo no era
socialdemócrata,
Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté,
porque yo no era
sindicalista,
Cuando vinieron a llevarse a los judíos, no protesté,
porque yo no era
judío,
Cuando vinieron a buscarme, no había
nadie más que pudiera protestar.

Martin Niemöller.

Este poema lo podemos ampliar hoy.  “Cuando vinieron a llevarse a los…”. Podemos agregar grupos que no piensan como nosotros pensamos; personas que viven de una manera que no entendemos; personas que se visten de una manera extraña; personas que hacen cosas que nosotros no haríamos… Este pastor alemán se dio cuenta de su error y cambió.
Dice el profeta: “Por causa de Sión y de Jerusalén no callaré ni descansaré, hasta que su justicia brille como la aurora y su salvación alumbre como una antorcha”. Isaías 62:1.

Quiera Dios que podamos ser cristianos comprometidos con la realidad que nos toca vivir. Que podamos ser más justos, como el Dios en quien creemos, al que no le da los mismo cualquier cosa. Que podamos bregar en la búsqueda de la salvación para todos y todas más allá de los límites que nosotros pretendemos ponerle a Dios. Que podamos poner en práctica las enseñanzas y ejemplos de Jesucristo, quien se dio a sí mismo por amor para toda la humanidad. Que el Señor nos bendiga, Amén. 
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